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sábado, 2 de octubre de 2010

Tarde

No saber por qué, no querer averiguarlo. Por qué la manilla de la puerta, por qué la manta de lana multicolor, la lámpara de la mesilla, por qué la intermitencia de los coches, por qué hasta el sosiego de una siesta, de repente, puede volverse un veneno tan amargo, abismal, como un cuchillo que de pronto te pide la bolsa o la vida en mitad del pasillo, un eclipse de baldosas, sofás, ventanas, pinzas para la ropa, una casa que se vuelve cueva. La tarde era un proyecto dulce, una espera líquida y pacífica, pero mis pies han caminado dos pasos de más y siento un frío nuevo y sus adjetivos, ese nuevo imposible, dulce y testarudo, como un muro neutro y total, mi cabeza rebotando contra el cemento tenaz, que apenas logra arañar, y una mano que sale de mi pecho y aprieta botones, abre escotillas, aplica torniquetes, busca válvulas, palpando las paredes, metrónomos, diapasones, en la cesta de la ropa, el grifo de la ducha, la ceniza esparcida sobre el teclado, las horas que faltan hasta el próximo alivio, la dosis de mentira, la ficción necesaria de la que viven mis pulmones. Por qué el oxígeno se vuelve áspero, como una cuenta pendiente. Allá afuera hay ruidos, acertijos, misiones, pero de pronto soy el hueco entre dos escalones, un niño que teme al bosque, la sombra inmensa de una ola muda, rompiente por necesidad. Soy ese instante eternizado antes de chocar contra el suelo, por qué, si antes sabía a qué venía a la cocina, por qué había abierto el libro, cuántos metros cuadrados tenía mi vida. No quiero quedar atrapado entre estas paredes, en este tiempo muerto de distancias, huyo por instinto, salto, trepo hasta la última esquina de la habitación, soy un animal encerrado, doy vueltas y más vueltas a un regocijo que empieza a resquebrajarse bajo mi peso, lamiendo el tuétano de un esqueleto, mi alimento, lo único que me dejaste para llevarme a la boca, esa boca que se desdibuja en píxeles y que nunca sabe qué decir salvo cuando repite las formas de una ausencia, el sabor hipócrita del cemento, la escarcha que te envuelve y nos encierra, que convierte mi mundo en una selva sin horas ni mercados ni farmacias de guardia, un caos de alfileres que me hacen correr de un lado para otro, buscando no sé qué, una tijera, sí, una tijera grande que corte este cordón umbilical, este parto con dolor no deseado, que interrumpa este carnaval de espejos en el que me han dejado seis o siete palabras y esa luz escasa pero radiante que vi encenderse y no quise temer. No encuentro el significado de los cajones, el nombre de las cosas que valían la pena, el ritmo de la costumbre, respiro para asfixiarme, me doy cuenta, te das cuenta. Qué tarde más interminable, qué noche inimaginable detrás de la esquina. La tarde me da miedo, me mira desde los balcones y apunta entre mis cejas por su mirilla. Me va a disparar un vacío tan grande, tan lleno de ese ruido que oigo ahora cuando todo se ha desconectado, cuando lo recién nacido empieza a suicidarse hasta mañana, tan cargado de mí que no lo soporto, como una gota que al deslizarse por el cristal encuentra a otra y la hace suya, la absorbe, soy una gota cada vez más gorda en este cristal tan pequeño, o es un espejo, un espejo recalcitrante, quisiera romperlo, tragármelo, fundirlo en gotas de mercurio que se dispersaran por el suelo como cucarachas cobardes. El mechero me lleva a donde no quiero ir y un simple pantalón me acusa con el dedo. Quisiera verle las costuras a esta tarde rota, saber que todo es teatro, que conservo un nombre y dos apellidos, más allá de la calle arbolada, quisiera no temer al silencio ni a las almohadas, quisiera tantas cosas que no me dais, relojes, bolígrafos, tenedores, agendas, quisiera llenar de gritos y susurros cada minuto, de flores, de mirillas, de pequeñas explosiones, quisiera perderme en laberintos y encontrar el oasis donde descansar, pero por qué, por qué, quisiera no estrellarme más contra esas dos palabras, que me han hecho suyo tan fácilmente, a los que me he entregado sin recelo, por qué, no saber por qué, no querer contestar.

sábado, 10 de julio de 2010

Suelos


Hay noches azules como hay noches blancas. Azules de inmensidad, de mar calmo, de lejanas campanas que suenan para nadie. Azules porque es el color de las distancias. El barrio está aletargado, rendido como un gato que busca el frescor de las losas, lamiéndose las heridas de rugidos de moto que flagelan las verticales de los edificios, rebotan en las cornisas y se pierden sin ser vistos. Los cuerpos buscan el húmedo aliento de esos diálogos que se cruzan entre las ventanas del patio y las de la calle, apagan las luces y nadan en iridiscencias azuladas que parpadean lanzando tímidos mensajes de auxilio. Hay un bar que echa el cierre como quien tira la toalla, y radios con música y ladridos y estornudos, un pentagrama de sonidos absurdamente cercanos, amplificados por este calor que nos hace sudar y nos embrutece, nos arrastra pasillo adentro hacia veleidades de poeta en umbríos rincones insospechados y estrenamos pupitre sentados en esquinas inéditas, tumbados en encrucijadas recién fregadas, palpando el braille de las paredes o mirando las formas de las cosas desde la perspectiva de las monedas caídas. Somos miles los que consumimos este mismo oxígeno difícil y arrugado, los que compartimos toxinas, frutería y cartero, que ahora respiramos en la oscuridad de nuestras casas, para pasar inadvertidos de los insectos y de las miradas fronteras, a las que observo buscándome a la altura acostumbrada sin percatarse de que los espío desde el suelo, boca abajo, a través de los barrotes del balcón, como anhelando un cielo distinto a este cielo de cemento, una lluvia o un bautismo. La noche es azul por el color del mar y por el sueño que se va formando en cada uno de los nichos apagados; poco importa que el mar esté lejos, la esperanza a veces también, y aun y todo el cielo reverbera de océanos y el hombre del quinto zurce el calcetín cotidiano de las cuentas y los deseos y las miserias y las pequeñas sorpresas y los desvanes del tiempo y el chirrido afelpado del mundo menguando. Es la hora de los conciertos, cuando todo, hasta lo más pequeño, suena; la hora de la carcoma en las paredes lentas y seniles, en las comisuras de las baldosas, en la hoguera de mi almohada; es el momento de las gotas de agua que esperan a la noche para suicidarse dramáticamente, sin posibilidad de solidarias impertinencias; es la ocasión de escuchar lo que sea que canten las llaves, los botones, las pinzas y los cables, la chancla sin pareja y el cajón que no cierra, los abrigos de invierno, el envés de los cuadros, la tensión tectónica de los libros, el rumor de las solapas, las mudas blancas y las teclas que nadie toca. Hay canales de televisión que enseñan muslos y lametones, hay un silencio negro en la Antártida de croquetas del congelador, toco el lomo dormido de los radiadores, he conseguido deshacerme del trozo de uña que martirizaba mi pie derecho, vuelvo al balcón, dos caladas y otra vez el bisbiseo de los árboles, la luz de luna de los escaparates, el tormentoso arrancar de un coche que se va sin despedirse, el calor, este calor, como una noche azul de algodón azul, como una víspera de algo o un tiempo regalado que nadie quería y lo han dejado al pie de mi ventana, berreando segundos y corcheas. Paso el día sentado frente a una pantalla y ahora es la hora de los suelos, estiro brazos y piernas en esta piscina improvisada, mi nuca anhela el beso imposible, la horizontal perfecta, todo es grande y lejano desde aquí abajo, la lámpara, bamboleante, un planeta solemne y muerto de miedo; soy un arroyo pertinaz que ha horadado el granito de los armarios, una lombriz reptando kilómetros imperceptibles de espesuras; bailo al son de mis caprichos, soy libre desmadejado, pelele, desnudo y sin alfombras, bañándome en secreto en un monólogo azul y automático, a espaldas de una calle abierta al cielo, a la estrella que engaña, como una televisión encendida en el más allá de los astrólogos, a la platea de testigos que me buscan y no me encuentran, al domingo de continuidad y el lunes de pasión, al sol, que se regocija en su guarida y que volverá para matar esta noche azul, azul mar, en el que no se está nada mal, nadando de espaldas, chapoteando feliz, muerto y sudoroso, hacia el horizonte ciego donde suelo y pared me prometen densas, líquidas tinieblas.


Foto: Chema Madoz

martes, 25 de mayo de 2010

Reflex

La felicidad. Por si fuera poco, la abuela de contracciones. Como si faltaran cadenas, la felicidad. Bien observadas, las personas que aparentan disfrutarla tampoco es que parezcan merecerla. Qué cosa más simple, en realidad, para el que no la tiene. Nunca fortaleza alguna mereció tantos y tan esforzados asaltos. Cuántas voluntades han desfallecido en su enceguecida consecución. Creo que tan noblota señorona debe la fama a su naturaleza ambigua y quisquillosa. Si la felicidad fuera un funcionariado, un modelo 037 o una anémona mensual (¿dije nómina?) no existiría la literatura de desdicha. Todo ser humano se limitaría a las oposiciones, un mero trámite nítido y pautado, al final de cuya ordalía ingresaría en ese paraíso terrenal donde descansan las ranas cloroformizadas. El paraíso no es un puesto fijo, un continente clavado, es una morrena que se desliza. Y así, el opositado, con puntos y toda la pesca, se dejaría arrastrar felizmente hasta la muerte y la disección, como se escurren los jesuitas crucificados hasta la pletórica cascada. Al cruzarme ante el espejo de la entrada se me ha ocurrido esta reflexión, después o quizá medio segundo antes de mirarme. No sé muy bien a santo de qué, a lo peor sólo responde al deseo de rellenar estas páginas resbaladizas y planas. He imaginado que el amor es sólo una chaqueta que sienta muy bien. La felicidad no puede reducirse a una cuestión de indumentaria. Y sin embargo es algo tan simple como una capita de barniz que potencia o enaltece la calidad de la madera, le da su pincelada de brillo, una apariencia bruñida, lustrosilla, pero no altera la esencia, ni puede metabolizarse con sus encimas, pasar a la corriente sanguínea de la savia. Alimenta, sí, pero porque tendemos a comer con los ojos. Yo pierdo la felicidad como los i-pods, en cuanto me descuido y me voy al baño del Badulake, alivio el cojinete y ¡zas! La felicidad. Un rectángulo de luz que no se puede eternizar, que obliga a ir desplazándose por la plaza, a arrastrar las sillas y las mesas de la terraza a conveniencia, siguiendo su declive, inexorable, hasta el alba, y pásame la chaqueta que cuando se va Lorenzo, por favor la cuenta y tú, que me pases la chaqueta. ¿Por qué este empeño en conservarla? Se irá pero ahora la tengo, o ya volverá y arreando que es gerundio. La felicidad, bah, lo difícil es la constancia. Además, que yo sepa, en la Trinity Church (episcopal y espiritualizada de afiladas crestas) de Broadway con Wall Street, se lee una leyenda que dice “bienvenidos los errantes y los desertores”. Llegar allí feliz y contento sería como entrar con pantalones cortos. Además, lo contrario de la felicidad no es la tristeza sino la expectación. La felicidad es el amodorramiento después de la comida, el coñac y su puro, por resumirlo. La felicidad (esa felicidad) equivale a salirse del juego, a ingresar en una embajada, la de los seres fluorescentes, ígneos, irradiantes, lorenzanos, aparrillados como el Santo, orondos de budismo segregante, condenados a la sobredosis de Almax®. La constancia de llegar a tu casa y pautar el hueco que te separa de la cama, almidonar las camisas, ensiliconar las grietas de la pared, lorenizar las agendas (un guiño, bella), ver la tele (en Intereconomía TV hay un programa patrocinado por Revidox J, producto que aseguran elimina el 50% de los radicales libres: hay cosas que dan miedo), catalogar las palabras que no entiendo de las novelas de Aub, ahuyentar moscones adelantados a la torridez del verano (hoy en día vuela cualquiera), profundizar en la alianza de las civilizaciones con Samu, el camarero chino de la esquina, pegarse el hostión PADRE contra el programa ídem (todos somos Paciencia), no sé, mil cosas que van hilando las costuras de la constancia. La felicidad (ésa, porque hay otras): qué ordinariez dominguera, de centro comercial, de paja (docu)mental. Las chaquetas me quedan grandes o cortas, las camisas me timan, soy, además de indiferente, no sé si transparente o reflectante como una capa de ozono, por qué empeñarse, para qué rociarse de laca en busca del agujero, el butrón por el que dejarse robar, oh, alevosa nocturnidad, mejor colgar el cartel de completo que dejarse olvidado el cartel sin encender a la espera de Janet Leigh y su cargamento herrmanniano. ¡Qué críptica, qué pesada me está saliendo esta sopa de letras! Termino. La felicidad es un zarpazo, al principio la sientes, luego te deja una raya roja en la mano. Hay rayas que se infectan. Hay salteadores de caminos. Hay barcos que se enmarzan sin avisar. Hay desilusiones, como fotos mal enfocadas, y hay sorpresas. Dicen que hay crisis. Ya no hay más LOST, a dios gracias y hasta la vista.

P.D.: Yo también vi y recordé cosas, flashbacks de muchas temporadas, allí quedaron, como el pie de la estatua, cuatro dedos al viento y un humo negro que tampoco era para tanto.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Balanceado


En cuanto he abierto las persianas de la habitación la he visto. Suspendida en al aire, a la altura de mi ventana, fresca, despierta, con una carnosidad de albaricoque, sonriéndome solícita: la tentación de hacer balance. No sirve de nada maldecir los calendarios ni jugar a cambiarle el nombre al día, o a quitárselo como quien desnuda una muñeca del reloj que la travestía, porque queda la marca dando siempre la misma hora, que es la última y al mismo tiempo la acumulación de todas, su síntesis en un gesto, cuando todos nos levantemos de las sillas y nos busquemos a tientas con la copa de champán, el año todo resumido en un choque de cristales, como la última campanada, mientras cae la tapa sobre el sarcófago del año impar sin par, de este dosmilnueve de pacotilla que se va, se va, se agota, como las últimas gotas de agua en el desagüe de la ducha, me ducho, me enjabono, vuelvo a enjabonarme, hay un tipo de mierda que no se va, da igual, para el balance. Y es que lo bueno del día de San Silvestre es precisamente que la carreta de los agravios va ya tan hasta los topes de basura que no importa añadirle un poco más y uno va haciendo o pensando cosas mal a posta, como quien tira de tarjeta de crédito, a sabiendas de que existe esa cama elástica que es la noche vieja (y su síntesis, no olvidemos, el chin-chín de las copas), donde saltamos los saltimbanquis para borrar las cuentas. Por supuesto que el uno de enero es como el catorce de abril, que en una noche no da tiempo a limpiar de duendes el trastero, que uno se vuelve a casa doblemente cansado, sorprendido por el amanecer, decorado de bobadas, muerto de frío por tantos abrazos cálidos, empanado como una croqueta de nuevos deseos y viejos proyectos, a los que se ha ido sacando brillo toda la noche, hasta el punto de aparentar algo así como una hoja de ruta, una agenda del futuro inmediato, pero uno no tiene más que sus zapatos y este camino de baldosas octogonales, tan sabido que parece capaz de arrastrarte si te detienes. Esta noche haré el video-clip de mi regreso a casa, aterido, hambriento, con el balance ya hecho. Se me irá haciendo sólo, como en un baño maría de pensamientos, yo ya sé el resultado. Pero al menos uno irá paseando por la Concha sólo, o prácticamente sólo, no tendrá que esquivar humanos, como es habitual en esta ciudad de tan escasa educación vial, y no diré que no a una foto de la bahía mientras amanece, estableciendo un arco perfecto entre este click y el de hace un año, en la Puerta del Sol, con la italiana de las gafitas de pasta fresca y tricolor. Dos clicks y un hiato como una montaña rusa, difícilmente digerible, imposible de resumir en su justa medida, y menos cuando todos nos levantemos de las sillas y nos busquemos los ojos y esquivemos las lágrimas y recordemos al tío y al accidente que estuvo a punto de ennegrecernos la vida por completo, y todas las demás pérdidas y las grandes ganancias, que siempre se sientan injustamente menospreciadas en la segunda fila del desfile de fotografías, cosas del lagrimal y su impresionable sensibilidad, habrá que perdonárselo, ganancias en forma de amistad que habrá que seguir cuidando como a una animal de compañía indomesticable. Por ese instante de entrechocar de copas, por ese baile ridículo de vencidos en traje de gala, los pasos por las calles de esta noche estarán falsamente sobredimensionados. Que se me sepa perdonar esta propensión a la grandilocuencia. En el fondo no son más que pasos mal dados, sin convicción ninguna, pasos de borracho, del que ha sorteado purulencias devastadoras y algún que otro episodio descorazonador. Inocentes granujientos con zapatos demasiado grandes y camisas desflecadas compartirán conmigo el paseo, de vuelta de sus cotillones, fumando el primer cigarrillo amargo del año. Seremos dignos de una foto discreta, panorámica y térmica, como la visión de Depredador, calaveras frías supervivientes de esta guerra de juguete que nos hemos inventado. Habrá señoras madrugadoras, olas aburridas, olor a café con leche, taxis en desbandada, habrá la inevitable arcada, el susto de dónde he puesto las llaves, la noción de ir andando a trompicones necios, ah, aquí están, qué susto, y la enorme, la inmensa, la monstruosa pereza de empezar un nuevo calendario por la primera página. Y la necesidad de pensar en marzo, agosto, noviembre, para no volvernos locos ante la página en blanco.

martes, 29 de diciembre de 2009

Madrugada


Ha habido noches de agosto con esta misma temperatura. Un cielo similar, abierto, en paz, con una luna casi rotunda como ésta, apenas dos borrones de nubes mal dibujadas por encima de Gudamendi. Estoy, abocat al balcó, en camiseta, fumando y rumiando, tratando de entender el particular sentido de la velocidad de los procesos personales. Las dos estructuras que albergarán los ascensores de nuestro vecindario, aquellas torres de vigía de finales de septiembre, presentan hoy una robustez casi definitiva y han extendido sendos brazos de hierro y hormigón, como rampas de lanzadera, hasta los portales de las principales casas. Hace tres meses uno se describía subiendo la cuesta pesada y concienzudamente rodeado de un estruendo de motores y grúas en mitad de una densa polvareda. Esta noche veo los ascensores desde la media altura de mi ventana, por encima del más bajo y frontero al segundo, que trasciende mi casa y continúa hacia arriba, pero tan próximo que podría suicidarme bajando sus escaleras una a una. Hay gatos gimnastas que se van matando así, arriba y abajo, buscando ratones tiernos o restos de basura. Mientras trato de olvidar las últimas equivocaciones como quien cambia el pie en el que apoya su peso, pretendo establecer axiomas que no se vengan abajo al primer abrazo. El viento se ha ido llevando las nubes como a actores despistados que hubieran equivocado su salida, la de hoy es una noche abovedada, un manto oscuro de cristal que clarea en el horizonte, en esa franja ligeramente resplandeciente que imita los contornos de las montañas y parece delatar a todo un mundo despierto e incandescente al otro lado. Mis tejidos no son de hierro ni hormigón. Van a su ritmo y son un poco como la temperatura de esta madrugada, inesperada, precipitada, tan bienvenida. Mi calle ha cambiado para siempre de aspecto y todos, gatos y vecinos, andamos un poco aturdidos buscando puntos de referencia y empleamos las noches para deambular por los recovecos, olisquear las nuevas esquinas, sortear sus virginales curvas, manchando de suelas de andar por casa sus límpidas baldosas, astronautas de una superficie color termómetro. Hay un silencio de vitrina de museo, una expectación vegetal y artrópoda, por ver la obra acabada, en funcionamiento. Finales de diciembre y hay un buzo sin escafandra asomado a la ventana en camiseta de dormir. Por las carreteras que bordean el paisaje cruzan coches como peces abisales, buscando el placton del asfalto, como urgencias mecánicas que nada tienen que ver con este cementerio. Hay cipreses cuadriculados a los que trepan albañiles y contenedores de basura clasificada donde requiescant in pace todo tipo de entremeses. La ciudad como una bella quesera de cristal donde se va pudriendo la leche de oveja a la espera de unas nueces con algo más que ruido. Esta ciudad, respirando calores de agosto, como un círculo vicioso de temperaturas equivocadas, fulminando el tiempo transcurrido, tergiversando calendarios, enorme máquina del tiempo. Dicen que para febrero ya estarán en marcha los ascensores. Febrero es un buen mes para casi cualquier cosa.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Buenas noches


La casa vacía, con ausencia de Lara, mi maleta aparcada junto a la puerta, esperando a que dé una hora, con la calle como en retirada, las casas humeantes de abrigo, los tejados con gatos que han salido a fumar calefacciones, y este silencio de noche buena, sólo un par de coches arrastrando una escoba por la cercana Gran Vía, y no hay más. Días de un vértigo seco, de recuerdos como dardos, de un fragor quieto y casi mudo, subterráneo, un socavar de cimientos adolescentes. Cuando regrese, el cuaderno habrá estrenado un nuevo folio. Como un garabato, como una frase dudosa, ensayaré mi discurso de año nuevo, flotando en el vacío de la página, estrenando surcos como un exiliado en la nieve. A la tela de araña donde morimos asfixiados le ha seguido un desierto de plumas venteadas, como tras una guerra de almohadas. El desierto, las estepas, algún que otro oasis, serán párrafos de la novela, poemas sueltos, requiebros de mi lengua afelpada. E iremos escribiendo el sinsentido, lavando las demoras, alimentando a la pequeña bestia de garras ya plastificadas con su poquito de hiel y su angostura, para seguir matándola dulce, llana, amorosa, cruelmente. Qué crueldad la del invierno que borra mis cuadernos, fregando el suelo de la memoria con la lejía corrosiva de instantáneas felices y ajenas, esas ventanas a las que me sigo asomando para verte jugar en el patio de tu nueva madurez. Hasta aquí me llegan ahora los gritos de los niños en el recreo, carcajadas de acordeón que arrullan el rasgar de mi pluma sobre la terca mejilla de la hoja en blanco. Qué blanca la hoja de mañana, del día de mi vuelta, cuando vuelva a esta casa que hoy dejo vacía y la encuentre llena de este mismo vacío. Deseando la estampa de mi grafía, el vertido de mi nueva vida, pidiéndome a gritos bostezos risueños, algarabías, nóminas y cursivas. Hasta el día de mi regreso, Madrid, año cero.

jueves, 3 de diciembre de 2009

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Volver a casa, con las manos en los bolsillos del abrigo, y saber que le he buscado. Caminar hacia adelante y reconocer que las calles van retrocediendo, que vuelvo hacia atrás, que deshago caminos, reviviendo el milagro, espiando como un fantasma invitado aquel encuentro inesperado, fértil, el comienzo de todo. Volver de otras vidas, de risas nuevas, de distintos placeres, y encontrar un rumor de hábito, un deseo de repetición, un anhelo de regreso. Extraigo ese cáncer con mis propias manos, es muy fácil, lo contemplo de cerca mientras subo escaleras y replanteo discursos, no es más que una entraña dislocada, un conjunto de células imbéciles además de enfermas, que miran hacia donde aprendieron a mirar, que tienden, no crean, le buscan en todo, le invocan. Pero quién es, qué tiene de especial, qué vale, es espejismo, humo, garra que se prende a la vena más fácil, a la que antes sangre, como una encía, no importa qué, mientras duela, mientras reaparezca detrás de las esquinas, media cabeza, media vida. Odio su reiteración, su réplica. Destruyo imágenes cuando debería crearlas, me paso la noche asfixiando ideas recién nacidas, ahogando sueños con la almohada, y siento placer cuando dejan de patalear y se tensan y se enfrían y azulean y desaparecen. Llego a la puerta, la abro y me está siguiendo, en otros, en ventanas, en errores, en discrepancias. Me rodean bocetos, ensayos, parodias. Qué tiene tan poderoso, qué ha hecho de mí, que sólo puedo boquear ausencias, soy un yonqui sin remedio, un cuerpo podrido, pero no, no, hay espejos, bocas, voces, que dicen lo contrario, y les creo por un minuto, y me peso y me crezco, pero hoy he vuelto a casa sabiendo que le estoy buscando, mis brazos sólo aceptan jeringuillas de las suyas, hipo de mi aliento, mi estertor. Voy al sueño y sus imitadores se esfuman, las sombras regresan a los contornos de los objetos, la música vuelve a los altavoces, el dolor a su cuchillo, la sangre a la bala, sé vivir aquí, puedo, tengo, pero hoy, esta noche, al volver a casa, al despedir otros mundos, he sabido que le he buscado, un poco, dos minutos, nada, como un pálpito, como un soplo, un dolor lumbar que se cura con reposo, una jaqueca para la que sólo hay guillotina, suelta la cuerda, que caiga la cuchilla, viene, zas, ya está. ¿Ves qué fácil? Y en los sueños ya no existe, no cabe, no podría ni aunque supiera hacerlo. Sólo sabe reflejarse, reproducirse, maquetarse en diminutos dobles, en píxeles cancerígenos con los que se va formando mi mundo, a su imagen y semejanza. ¿Por qué sobrevive intermitente si lo he matado tantas veces? ¿Qué clase de zombi soy o es? ¿Cuánta sangre he de verter para ahogarlo? Le miro a los ojos. Son dos botones insignificantes, ya no me recorren, no me definen, no dicen nada, son cuencas muertas, valles arrasados. Son lunas que me dan la espalda y parecen idas, hay un sol que les da en la cara. Por qué me empeño ahora, en pijama, por qué ha vuelto esta noche, dos minutos, casi nada, dos eternas explosiones. Y sus réplicas, como muñequitos de papel recortados, decorando mis festejos. Que otros usen mis tijeras, que otros diseñen las esperanzas. Dura nada, dos minutos, dos inmensas nadas, pero por qué se repite y habita, por qué se eterniza.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Espejo frente a espejo


Estoy feliz porque finalmente he dado con una buena antología de poemas de Miguel Hernández. Están todos los que conocía y muchísimos más que nunca había leído. Me esperan buenos ratos ojeando sus hojas. ¿Me esperan buenos ratos? Hay una corriente a la que me acerco descalzo, con los calcetines amordazando las zapatillas, tanteo la temperatura del agua, terríblemente fría o caliente, siempre terrible, de flujo, de osadía, de muchedumbre. Tengo trabajo pendiente. Me toca a mí, tengo que hablar en público, decirme de nuevo totalmente, vestirme de apellidos y manías, probarme el sabor de mi boca, ensayar caricias convincentes, aprender a contenerme en mis dedos, olvidar los espejos (¿qué refleja un espejo frente a otro espejo?), vaciarme de quimeras, atarme los cordones, flexionar las rodillas, levantar el culo, reaccionar al disparo, correr como alma que busca al diablo. Tengo que desnudarme de mí, abrirme la bragueta que empieza en la frente, colgar de una vez por todas el traje de buceo, ser esqueleto, contarme las costillas, ver que están todas o quitarme alguna para ser más flexible, encajar la mano en el hueco de los pálpitos, creer en ellos, en la sombra que han dejado sus ecos, como un reguero de azúcar y tabaco, recoger una muestra con un dedo, medir el punto de sal, bicarbonatar el vacío del estómago, como quien encala un trastero, rascarme la espina dorsal, recorrerla con mano ajena, vértebra a vértebra, y contar hasta diez sin respirar sin pulmones. Tengo que escuchar muchos discos, buscar muchas palabras, dudar muchas veces, tengo que caerme, sangrar, conocer muchos hospitales, llorar con esa sonrisa que se me ha quedado, echar las lágrimas a un cubo, fregar las baldosas con ese salitre ridículo y tartamudo, tengo que seguir el concierto, hacerme el sueco tantas más veces, mirar con ingenuidad a un gorrión, pedir pollo de segundo en muchos más restaurantes, cronometrar los sueños de otros, etiquetar besos, peinar de lado pelos lacios, coleccionar tacitas de plata, coger aviones, soñar con colchones en tantos colchones, tengo tantas cartas por escribir, tantos poemas que conocer, qué bien que por fín, qué bien que Miguel, te abro en mitad de cualquier sitio, y te encuentro un rayo constante, un carnívoro cuchillo, una barranquica, elegías, retamas, asteriscos, costuras, retazos, azotes, tesoros, rosales... cadenas de poemas, versos espirales, tornillos en la boca, besos como virutas de hierro, labios como almohadas, siento sueño, es la espalda y esta silla recta, carcelaria, boca que arrastra mi boca, boca que me has arrastrado, boca que vienes de lejos a iluminarme de rayos, alba que das a mis noches un resplandor rojo y blanco, boca poblada de bocas, pájaro lleno de pájaros. Las ocho son un buen propósito de enmienda. Mañana a las ocho será de día, se habrá levantado el sol (que como el sol sea mi verso, más grande y dulce cuanto más viejo), el sol te habrá levantado, te vestirás despacio, porque tienes prisa, prisa por irte al río, a ver fluir la mañana y la vida y las guerras y los afanes, descalzo, con las zapatillas engarfiadas en dos dedos, a probar la gelocalidez de sus aguas, ocho de mañana, mañana en ocho, capital del dolor, inmensa página en blanco, qué palabra, cuál será la primera.

martes, 29 de septiembre de 2009

El vigía

En mi casa están construyendo un ascensor que evite subir la cuesta y conecte diversos grupos de casas con un rápido trazo vertical. El trayecto está dividido en dos etapas. Son dos columnas de cemento como dos brazos con muñones, levantados de la noche a la mañana, con entusiasmo, sin armonía. Son dos torres de vigía que ya no sirven, que han llegado tarde, porque el enemigo ya se ha colado. Comprendo que me hubiera podido subir a ellos y otear el horizonte, pero me lo han robado todo y ahora camino subiendo la cuesta por entre las sombras de estos dos gigantes absurdos e inútiles, arrastrando mi desolación por este ambiente de construcción. El enemigo ha entrado por donde menos lo esperaba, por una hendidura inadvertida, o quizá una puerta menor e insignificante, de la que hubiera olvidado preocuparme. En vano reclamo nada. La ciudadela en construcción se me antoja grotesca, un monumento a la violación, una elegía a mi insolencia. Todo se va volviendo esquelético a mi paso, el asfalto, la golondrina, una diástole de dolor, la incomprensión, el miedo. Se me ha quedado el silbido colgado de los labios, de pronto estoy de funeral, me han entrado en la casa y han robado lo más mío, lo que más adoraba, mi secreto, mi único tesoro. Y pienso en cuánto tiempo hace que bajé la guardia, cuándo fue la última vez que no eché de menos sus caricias, y me compadezco y no es del todo justo. El arquitecto de nuestro castillo va cuesta abajo con las manos en los bolsillos, pegando patadas a una botella vacía. Las invasiones bárbaras han vencido. Mi barrio ahora son ruinas de un proyecto, los restos de una ciudad bombardeada por dentro. El zapador ha ido colándose casa a casa, demoliendo paredes, respetando las fachadas, recorriendo la avenida en paralelo, secretamente, a salvo, mazazo a mazazo, sepultado por el estruendo de mi vida. Para cuando me he querido dar cuenta el ladrón ya era un invitado. Ahora creo estar llegando a mi portal pero no siento la llegada, me inmolo en un ascenso que es descenso, un acertijo de curvas demasiado cerradas, arrastrando con cada pierna una mole de siete años, siete años en un Tibet tan puro y cristalino, tan fácil de hacer añicos. Qué inútiles los afanes, los espejismos que se formaban a nuestros pies, como nubes bajas que subrayaban nuestra coronación, qué mentirosa la madera que crujía alrededor. Cuando suba a este ascensor habrá pasado el tiempo, la cuesta se verá olvidada, en un mundo de coches, sin humanos, será el trayecto de una historia que terminó con brusquedad, como un barranco finiquita la tierra, se acabó lo que se daba. ¿Qué hacer con las maletas, el equipaje de un reino ideal venido a falla, qué hace ese microscópico pasajero en mitad de la estación? ¿A dónde creerá que va?