Mostrando entradas con la etiqueta Gritos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gritos. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de septiembre de 2010

Asimilando


Uno ya no sabe si la indiferencia con la que la gente parece haber acogido la última declaración de alto el fuego de ETA se debe a las pocas esperanzas que realmente inspira o a un acto de emulación de la cautela académica y oficial con la que han reaccionado los políticos. No es que me sorprenda pero al menos sí que esperaba oír comentarios durante el desayuno. La gente está ocupada con otras cosas. No es de extrañar que esto, como todo lo relacionado con los mártires vascos, produzca hartazgo y hasta rechazo. Pero una cosa es no querer pecar de un exceso de optimismo y otra muy distinta pasar por alto la importancia real de este acontecimiento. Después de leer el comunicado que ayer se difundió a través de la cadena BBC y en virtud a una exclusiva concedida a un célebre periodista inglés que se precia de conocer en profundidad el conflicto, no he podido resistir la tentación de comentar algunos de sus aspectos así como de compartir con los posibles lectores de este lunático rincón virtual ciertos fragmentos que, no por conocidos deberían dejar de llamar la atención. Todo español ha podido tener acceso al comunicado al menos a través del periódico EL PAIS, que publica hoy íntegramente la traducción al castellano que a su vez facilitó ayer el diario afín GARA. El texto, que llama la atención en primer lugar por estar muy mal escrito, revelando una pobreza gramatical y semántica notoria y muy significativa, no deja de ser un ejemplo más de esa literatura política que altera la realidad de forma directa y desvergonzada, demostrando que la mejor o quizá única manera de hacer creer a los demás la existencia de algo inverosímil es obviar la propia inverosimilitud. Pero además de lo previsible encontramos una serie de referencias o ideas, pobremente expresadas, que no pueden pasarse por alto sin suscitar al menos una breve reflexión en todo ciudadano que se preocupe mínimamente por la colectividad en la que vive y sus circunstancias, es decir, este país al que estamos indefectiblemente condenados y cuyo destino no puede estar más en juego. El pasaje que en concreto más me ha impactado es el siguiente. Insto a sopesar el significado y el propósito del empleo de todas y cada una de sus palabras:

"Ha transcurrido ya medio siglo desde que ETA organizara a los ciudadanos frente a la estrategia salvaje de negación y aniquilación del pueblo vasco y, con las armas en la mano, se empeñara en la lucha en favor de la libertad. Desde entonces, son cientos los hombres y mujeres que han traído a esta organización su ilusión y pasión, lo mejor de ellos mismos. Ciudadanos comunes que generación tras generación se han unido desde diferentes procedencias tras un mismo objetivo: el País Vasco y la libertad. La lucha a favor de la libertad del pueblo vasco ha guiado siempre la actuación de ETA y, pese a todas las dificultades, seguimos manteniendo esa responsabilidad. Con humildad pero con determinación, con la ambición de ganar. El pueblo vasco lo merece".

Palabras a mi modo de ver duras, terribles, que me llevan a pensar en el hipotético panorama de un futuro ciertamente posible, lo que no significa inmediato ni seguro, en el que la rama política del independentismo esté sentada en las instituciones participando activamente, mano a mano, del juego constitucional, con el único objetivo de dinamitar esas mismas bases constitucionales de forma similar a como lo están haciendo los catalanes. No podemos olvidar que, de seguir las cosas por el camino que parecen estar tomando, puede llegar el día en que estos señores estén sentados en el gobierno autonómico: señores que han dedicado toda "su ilusión y su pasión" en la aniquilación física del adversario político. Las ganas que compartimos casi todos de que, empleando los espléndidos eufemismos de los periodistas y políticos, "cese la violencia" y ETA "abandone las armas", no debería engañarnos sobre las características del futuro que nos espera. Ciertamente es peor una bomba o un tiro en la nuca que un Pacto del Tinell, por poner un ejemplo, pero peor en un sentido moral y humano (o humanista), no sé si político. Quiero decir que cuando ETA haya entregado las pistolas, bajo la supervisión de algún cura irlandés, el peligro no habrá desaparecido; menudearán los atentados silenciosos, los atentados políticos, que está visto serán asimilados, aceptados, tragados por la mayoría de los ciudadanos, a cambio de no regresar a los tiempos oscuros. Cuando ETA, correctamente maquillada y en connivencia con el independentismo conservador, esté exprimiendo al gobierno español el jugo de los beneficios de los cincuenta años de fascismo e intoxicación, corremos el peligro de tener la partida irremediablemente perdida por el simple hecho de que todos preferiremos que nos metan el dedo hasta lo más profundo del culo antes de que vuelvan las descargas de pólvora y la metralla.

¿Quién habrá ganado la batalla? Ya hay gente encantada con que en las calles de San Sebastián no se vean pancartas y carteles proetarras (no pongo en duda la importancia de este hecho feliz: la situación en Euskadi es tan terrible que algo tan superficial como que finalmente se esté aplicando la ley eliminando de las calles todo rastro de apoyo propagandístico es casi un milagro). Ahora uno puede pasearse por lo viejo y constatar que lo único que puede producir arcadas es el olor a orina. Poco menos que la Arcadia en vías de cristalización. Ya sólo falta la ausencia de asesinatos. Entonces todo será perfecto. La gente vivirá en armonía y los turistas llenarán los hoteles, Bob Dylan volverá a dar (sin saberlo) un concierto a favor de la paz en la playa de la Zurriola, habrá fuegos artificiales y helados, Euskal Jaiak en septiembre, regatas en la Concha, sidrerías de a 100 euros el cubierto y excelentes quesos de oveja latxa y hasta es posible que el cambio climático aporte su granito de arena y en el País Vasco deje de llover. ¿Quién osará levantar queja ante semejante paraíso terrenal? El energúmeno, el carca, el fatxa que no haya sabido o no haya querido adaptarse a los tiempos y persista en su guerracivilismo con la intención de profundizar "en la división y la desmembración del País Vasco" (palabras del comunicado). Ser anti-nacionalista habrá perdido la justificación que hoy todavía se le concede, mientras existe la "violencia". ¡Qué miedo da pensar que en la cabeza de muchos se conciben perspectivas en las que no existe "la violencia"! Para olvidar todo recuerdo de la existencia de los vertederos al ciudadano medio le basta con que el concejal de turno desvíe la ruta del camión de la basura.

No soy optimista, pero no porque no crea en la voluntad de "pacificación" de unos y otros, sino precisamente porque creo en esa voluntad, y en que los tiempos están demostrando que se puede conseguir mucho más de forma civilizada y "democrática" que a la manera revolucionaria. ¿Qué sentido tiene perpetuar el pasamontañas cuando bastan las gafas de pasta de montura divertida? Los que ahora no somos bienvenidos por nuestras opiniones tampoco lo seremos en ese futuro posible, no sé si inmediato, pero ciertamente visible ya en lontananza.

martes, 3 de agosto de 2010

Animalismos



Lo confieso: soy un asesino. No he matado nunca a nadie, pero soy un asesino, un sanguinario aniquilador de vidas. Disfruto matando por persona interpuesta, porque además de asesino soy un cobarde. No merezco vivir en sociedad, al menos en una tan avanzada y progresista como la catalana y pronto la española, la de la cara lavada. Mis manos están manchadas de esa pestilente savia caliente, negruzca y mezclada con arena, la sangre de los toros bravos que han muerto torturados por esos ridículos representantes del macho latino y el gladiador de pandereta, analfabetos jaleados por los vítores y aplausos de millares de cómplices sedientos de muerte y de dolor, con la que nutren sus células tanto como sus votos en tiempos de elecciones. En realidad el bicho de mayor tamaño que he matado es, creo, una salamanquesa, y digo creo porque la tiré por la ventana antes de comprobar sus constantes vitales, pero no importa porque soy culpable de un genocidio de toros, soy un ser repugnante y retrógrado que disfruta con el sufrimiento ajeno, y como tal merezco la condena de los vigías de la moral y la corrección, quién sabe si el destierro oficial lejos del perímetro de la Modernidad o incluso la castración química. Se lo preguntaré al primer catalán antitaurino que me encuentre por las calles, todavía libres, de Madrid.


Vaya por delante que he estado en los toros a lo sumo cuatro veces en mi vida y que tengo para con la Fiesta una mezcla de pavor y respeto. Pavor porque, quiera o no, formo parte de una generación débil que ha crecido en el bienestar (lo suyo les costó a nuestros padres) y cuyo contacto con los hechos trascendentales de la vida, y en especial con la muerte, ha sido sistemáticamente minimizado por la sensibilidad adocenada de una sociedad hipócrita y disneyana. Pavor porque mis ojos no pueden evitar cerrarse ante las imágenes más cruentas que proporciona la tauromaquia. Me pasa lo mismo cuando veo, en una película o en la vida real, una jeringuilla hipodérmica penetrando en una vena. A nadie se le ocurriría prohibir las extracciones de sangre o siquiera criticarlas por desagradables, pues todo el mundo comprende que son base fundamental de la medicina. Esto no significa que mi razonamiento vaya a declarar los toros como fundamento de nada, sin embargo creo que en este ejemplo se concreta uno de los aspectos más importantes de todo este tremendo debate, como siempre mal encaminado y convenientemente trufado de idioteces por los mismos de siempre. Nuestra sensibilidad no acepta ver ciertas cosas y prohíbe las que puede prohibir o esconde las que son indispensables. Uno de nuestros mayores tabúes es la muerte, la destrucción: comprendemos que exista, sabemos de su inevitabilidad, pero su presencia cercana, su intromisión en nuestros asuntos, vuelve absurda esa necesaria ficción encadenada que llamamos vida, nos plantea preguntas, nos vuelve escépticos, o sea peligrosos desde un punto de vista mercadotécnico. Dios los quiere temerosos, nunca preguntones. 


Recuerdo nítidamente mis reflexiones infantiles acerca de la muerte, motivadas quizá por el fallecimiento de algún conocido de la familia o vecino. La muerte era difícil de entender porque, en primer lugar, era de una irreversibilidad única, sin parangón. Tu madre te decía que no ibas a volver a ver a tal señor y, coño, era verdad, no volvías a verlo nunca más. No se andaba con tonterías la muerte, no te preguntaba tu parecer, venía y punto. Esta idea me arrastraba a adivinar cómo sería la vida del muerto después de haber dejado de vivir: uno empezaba a imaginar oscuridades nunca lo suficientemente oscuras, espirales de vacío que permitían extrañas levitaciones (un cortocircuito mental entre los escasos conocimientos teológicos y las muchas películas vistas) y esa suspensión del tiempo, la eternidad, la nada, se cernía sobre mi cabeza como un garrote asfixiante por incomprensible, de la que generalmente trataba de escaparme a fuerza de piernas; era por eso, ama, que aparecía de repente en tu habitación con palpitaciones y llantos que nunca me atreví a explicar, era por eso que corría por el pasillo en busca de algo, luces en las ventanas de la calle dormida, libros, pósters de ET, el tacto de mis primeras bandas sonoras, objetos palpables, reales, ideas para mañana, proyectos de niño, lo que sea que fuera de aquí y de ahora, que me alejara de esas tinieblas dolorosas y atemorizantes. 


Me pregunto si los niños de ahora piensan en la muerte en estos términos o en otros. Sé que cuando mi padre era niño la muerte no le hacía correr por los pasillos (de haberlos tenido). La muerte se le presentó quizá por primera vez cuando murió su padre, él todavía era un niño. La muerte rondaba las casas de los vecinos, seleccionaba animales o se contaba en prosas brumosas con nombres y apellidos y estruendos de bombas. Y luego estaban los toros, a los que ningún niño dejaba de ir, como tampoco se perdían las sesiones dobles de los miércoles en el cine de la ciudad. No sé si mi padre vio alguna vez morir a algún torero (cuántas cosas no sé de ti), pero sí vio la sangre de muchos toros que, indefectiblemente, acabaron muriendo ante sus ojos. La lectura que hacía cualquier niño, hasta el más bobo, era que por ahí delante había pasado la muerte danzante y puñetera, acariciando las ingles del torero, haciéndole carantoñas de puta fina desde el burladero, posponiendo su cita amorosa, el momento en que ambos se fundirían en un orgasmo definitivo y sepulcral. Ante un niño se celebraba un espectáculo que trascendía ese nombre porque era real, pues lo que estaba en juego no era la malla del actor ni la garganta de la casta diva, el niño contemplaba alucinado una dramatización de la vida, ni más ni menos, ese minué absurdo, terrible, mitad luz, mitad sombra (la plaza más antigua de España, aita, la de vuestro Castañar), esa lucha entre la inteligencia y la irracionalidad, entre el Hombre y la Bestia, aquí un mero símbolo de la muerte, del dolor y los hachazos que nos van menguando la sonrisa pura y la horizontalidad del niño, el porque sí que te dejaba sin vecino, sin padre, sin compañero de pupitre, cuando la vida era algo más que cojines y no había necesidad de videojuegos que os la hicieran más excitante.

Los toros no son algo de nuestra época, en eso habrá que estar de acuerdo con los adalides de la modernidad en que se han convertido los catalanes. Son algo carpetovetónico, brutal, de una fisicidad impresionante y arcaica a la que no están acostumbrados los ojos que sí se han acostumbrado a las secuelas de “Saw”. Mientras sea dentro de la ficción, o de la representación, o al menos de la imagen, podemos merendar un bocata o dividir el último gramo frente a las más terribles atrocidades sin que nuestra sensibilidad se inmute apenas. El problema llega cuando es real, cuando entre la vida y nuestros ojos se interpone la sangre sin truco, la muerte de largo, como una rata en medio de un callejón. Rápidamente giramos la cabeza y rezamos al Dios del progreso para que se lleve a las brujas y al sacamantecas, para que barra de barro nuestras vidas y nuestras calles, para que se lleve lejos a la muerte, a las residencias o a los hospitales, a las fábricas de hamburguesas o a los telediarios vía satélite. La tauromaquia es, en el fondo, un recordatorio, un memento mori, y por tanto una celebración de la vida, del regocijo que produce la ilusión humana de dominar lo indómito, de sacar a las Parcas de paseo con sus collares y decir “aquí están, comiendo de mi mano”. Por supuesto es un acto de engreimiento, de orgullo, falso porque aspira a una generalización imposible, teatral, nos lo recuerdan los huracanes y los terremotos (¿cuándo te olvidarás de Haití, Forges?), pero como acto humano de exorcismo de los terrores más básicos y profundos no deja de ser de una rotundidad y por tanto de una belleza imponente.

La Cataluña que se suicida, como la España que se muere de envidia por un lifting de leyendas negras, no puede permitir, entre otras cosas, que su mundo de fantasía sea violado por actos reales tan contundentes. Arguyen que somos la vergüenza de Europa, más aún, que medio mundo se lleva las manos a la cabeza ante nuestro salvajismo recalcitrante. Ser considerados unos bestias por quienes inspiraron las nuevas pedagogías escolares, por poner un ejemplo, no es precisamente un insulto que nos deba quitar el sueño. Siempre será preferible vivir en el mundo de Bambi antes que en el de Bin-Laden, yo también sueño con entender los maullidos de Nicanor y he probado a que dos perros de razas diferentes compartan un espagueti, pero hasta la fecha sólo me he encontrado con arañazos, peces grandes que se comen a peces chicos y cometas de trayectorias con mala intención. Detrás de toda la hojarasca nazionanista, aplaudida por gentes que aman a sus perros y se convierten al veganismo para superar crisis sentimentales o contracturas crónicas de trapecio, lo que se esconde no es más que un prurito de querer ser mejores, más humanos, más pacíficos, más cultos, más civilizados, sin comprender que están prohibiendo un culto a la civilización, tan agresivo como el rito de cualquier curandero de esas tribus ignotas que tanto dicen respetar, tan brutal como las cornadas del hambre o los rayos homicidas que abren fosas y tiran allí a tus muertos, hasta hace segundos vivos, sin explicaciones, sin tapujos, tan real que ya no tiene cabida en este mundo irreal gobernado por mentes colmena que son capaces de pedir respeto a culturas que denigran a la mujer, que extirpan sus clítoris incapacitando a las niñas para el placer y que cuando es cuestión de imponer unos ideales, unos principios, apuestan por el relativismo cultural, el respeto mutuo y todas esas masturbaciones con calcetín a cuyo ritmo tronante y funesto ya no hay quien se sustraiga.

Llamadme antiguo, imperdonablemente antiguo. Asesino, bestia o salvaje. Pero a los antitaurinos los toros les importan un pito. Sólo les importa su propia imagen, el sueño dócil de cada noche, la conciencia tranquila y el rumor del mundo apaciguado, por debajo de los niveles del mantra que ejecutan los profetas de la coyonada. Un catalán célebre, además de espléndido artista, Santiago Rusiñol, dijo una vez exponiendo, quizá sin saberlo, algo más que la esencia del futil modernismo: "Los que buscan la verdad merecerían el castigo de encontrarla". Shhhh. Silencio. No despertemos a los grandes hombres y mujeres que velan por nuestro destino. Que sigan durmiendo el sueño multicolor de los paraísos cultos y civilizados.

martes, 29 de junio de 2010

La vergüenza


Hace unos meses saltaba la noticia de que el gobierno italiano pretendía exigir el pago de diez euros a cada uno de los turistas que visitasen Roma. Se trataba de una medida recaudatoria un pelín histérica que pasó prácticamente desapercibida en mitad del estrépito europeo, apenas una nota desafinada dentro del jaleo sinfónico de las bancarrotas y los polvos volcánicos. Hoy nos enteramos de una nueva noticia: Italia está planteándose la posibilidad de vender algunos de sus monumentos. No sabemos cuáles ni a quiénes. Esta mañana he podido escuchar las opiniones que esta ocurrencia suscitaba en dos elegantes señoras que desayunaban cerca de mi: una vergüenza, a dónde vamos a llegar, esto no puede ir en serio, qué barbaridad.

Mientras tanto, los responsables del gobierno catalán acusaban a España (ojo al dato) de traicionarse a sí misma por considerar inconstitucional una parte significativa de una constitución propia para Cataluña. La bronca política que ha suscitado el fallo (nunca mejor dicho) del Tribunal Constitucional está siendo de órdago. Pero habrá quien piense que lo de la venta de monumentos es más grave, de alguna manera más definitivo, sin vuelta de hoja. Considero que en el fondo son noticias muy parecidas. España vende una parte de su territorio, o ni siquiera eso sino que sufraga su libertad. Lejos de poner en venta el Coliseo nosotros pagamos bien caro para que nos quiten la Monumental. O Santa María del Mar, si lo preferís y así no tocamos otros temas (que seguro se consideran más graves). Inciso: ayer, Pilar Eyre, periodista del corazón, pedía públicamente perdón por haber hecho pública una información finalmente falsa sobre María José Campanario según la cual la mujer de Jesulín maltrataba a los animales. Eyre corría a deshacer el entuerto y dijo casi textualmente: “Me alegro de que no sea cierto porque es una de las peores cosas que se pueden decir sobre alguien”. Bien. En este país vivimos, nos lo hemos ganado a pulso. Maltratar a un animal es de lo peorcito que se puede hacer, sin embargo prohibir el burka es penalizar más a las mujeres que lo usan.

¿A qué sabrá el dinero que reciban los italianos a cambio de la venta del Arco de Trajano o la Boca de la Verdad? Más o menos como este sabor de boca que me deja la lectura de las opiniones entrecruzadas de nuestros políticos a raíz de la no sabemos si rectificación o refutación del Estatut por parte del TC. Para algunos, principalmente los nacionalistas catalanes, se trata de una estocada mortal al Estatut. Para otros, el gobierno y sus corifeos, la decisión del más alto tribunal es la prueba de que el Estatut es constitucional y perfectamente compatible con el marco jurídico autonómico (María Teresa Fernández de la Vega). Y se trata de la misma decisión, la misma noticia, el mismo país, aunque parezca mentira. Sólo unos pocos, además de los de siempre y que han perdido ya la poca credibilidad que les quedaba, insisten en recordar que estamos ante un chantaje absolutamente incuestionable que España no puede permitirse a no ser que le apetezca dejar de ser España para convertirse en otra cosa, Spaña, Esaña, o el coño de la Bernarda.

Me da vergüenza, y me quedo corto, leer titulares como “el PP se la pega con el Tribunal Constitucional”. ¿Se puede tener mayor ceguera? ¿Se puede vivir en una más completa imbecilidad? ¿Es esa verdaderamente la noticia, Leire? ¿Realmente a la gente le da igual que Cataluña deje de ser España y se convierta en lo que “sus ciudadanos decidan”? Lo entrecomillo porque habría mucho que decir al respecto de esas “decisiones” y vaya por delante que casi lo hago como un favor que concedo a ciertos catalanes, porque no les deseo el despertar de unos cuantos alemanes cierta mañana de 1945, cuando observaban realmente consternados lo que ciertas “decisiones democráticas” habían provocado. ¿No le importa a nadie que una parte de España tenga tanta voluntad por suicidarse? Y no me refiero al futuro económico o político de una hipotética Cataluña independiente. No pondré en duda que bajo algún tipo de sistema el nuevo país pudiera despegar en una meteórica carrera ascensional que lo llevara hasta los mismísimos cielos del G-20. Incluso entonces Cataluña se habría suicidado. Descorcharían botellas de cava pletóricas muchedumbres de suicidas y desfilarían orgullosos bajo el sol las madres y los padres, los padres y los copadres, los hijos y los pobres inmigrantes a los que el acontecimiento les hubiera pillado currando, todos o casi todos sonrientes, engañados, pero sonrientes, suicidados, pero satisfechos. Cataluña se habrá suicidado el día que triunfe esa pandilla de flautistas de Hamelin que día tras día dedican cada una de las gotas del sudor de su frente a fraccionar una sociedad e insuflar en ella la idea de la diferencia, de la excepcionalidad, de la superioridad, falsos mesías que dicen amar su país y sólo demuestran desconocerlo, y eso en el mejor de los casos, pues no falta quien a sabiendas pretende silenciar al que no se esté quieto, borrar del mapa las huellas de una cultura (no ya hermana, sino siamesa, unidas por el tórax, inseparables, a no ser que se quiera poner en peligro sus vidas) con la que dicen no sentirse identificados, de manera muy similar, aunque eso sí, incruenta, sin sangre, a como otras pandillas de salvadores han pretendido eliminar todo rastro de ciertas culturas que hoy por hoy ya no reciben las condolencias de los moralistas oficiales que deciden quién es la víctima del momento. Habrá vencido la ignorancia, la mentira, la putrefacta manipulación de la Historia en virtud a unos cuantos mitos y a un cizañero y carpetovetónico racismo analfabeto mal digerido.

En este país de furibundos defensores de los derechos de los trabajadores que se levantan en armas sólo cuando les suena la alarma anti-cacos que tienen instalada en el bolsillo pero nunca antes, en este país de solidarios progresistas a los que hay que recordarles como quien cuenta un cuento de terror que hay muertos recientes que han sido asesinados por aceptar que una empresa francesa construya un supermercado en territorio nacional, en este país de antitaurinos donde una alcachofa que tuviera la mala suerte de ponerse en el trance de extinguirse inspira más solidaridad y empatía que el ciudadano de ideología opuesta, en este país, digo, no me extraña que no importen las barbaridades que se cometen y que se cometerán en un futuro inmediato y de forma constante y progresiva. En este país donde los intelectuales que más venden se indignan sólo para recordar los nombres y los apellidos de los muertos de uno de los bandos, no vaya a ser que la gente olvide que los bandos existen y existirán, o le de por pensar que ya está bien de tanta simplificación, de tanta tergiversación, de tanta cortina de humo, en este país no se puede hacer nada sino desayunar en silencio y preocuparse por el destino del Foro Romano, aunque uno esboce una secreta sonrisa por haber tenido la milagrosa idea de haber viajado a la Ciudad Eterna antes de que se tengan que pagar diez euros más por visitar el solar donde una vez existiera un Templo de Vestales.

Esta noche, Josep-Lluis Carod-Rovira ha dicho: “En Madrid parecen no querer enterarse de que en Cataluña están pasando cosas de gran calado”, y hemos de reconocer, visto lo visto, que tiene toda la razón del mundo. Pero ha añadido: “Y el que avisa no es traidor”. Y vuelve a tener razón.

jueves, 29 de abril de 2010

Babel (¿viene de babia?)

Impresionante espectáculo el que se ofreció ayer mismo en el Senado, un lugar al que deberíamos ir todos de vez en cuando a pasar un buen rato. Se debatía la propuesta presentada por 34 nacionalistas para incluir en el funcionamiento de la Cámara un sistema de traducción simultánea que permitiera a los senadores intervenir en cualquiera de las cinco lenguas co-oficiales que existen, siempre por el momento, en España: el castellano, el catalán, el valenciano, el gallego y el euskera. Los nacionalistas necesitaban el apoyo de los cien votos del PSOE para sacar adelante la propuesta de debate contra los 122 del PP y UPN. Por supuesto, el PSOE, personificado en la inefable vicesecretaria general, Leire Pajín, dio sus votos a favor y lo que hiciera falta.

Este asunto puede parecer de una pequeñez insignificante, porque en parte lo es, como problema tiene una talla XS dentro de las preocupaciones del país. Salta a la vista que se trata de una medida más “sensible” que “necesaria”, es decir, no encaminada a solucionar un problema real de comunicación o entendimiento (como ocurre en los foros internacionales como la ONU, utilizado como ejemplo por los partidarios de la propuesta) sino a satisfacer las exigencias de determinadas “sensibilidades” políticas. Está claro que un senador vasco puede comunicarse con el resto de sus colegas empleando el idioma común de todos los españoles (se presupone que ningún senador puede ocupar su representativa butaca sin un mínimo dominio del idioma de Delibes), pero como se trata de una Cámara Territorial, se considera más propio, literalmente “más democrático”, permitir a los senadores utilizar cualquier idioma, quizá para que se sientan más cómodos, felices, a falta sólo de sus babuchas, su batín y la copa de coñac para sentirse como en casa. Todo el mundo puede reconocer que es un gesto muy de cara a la galería, como la imposición de una medalla o el protocolo de un besamanos regio, de una trascendencia más simbólica que práctica. Y es a estos símbolos a los que debemos temer, porque parecen inocentes, inocuos, mansos, pero en realidad (y más bien en la superficie que en el fondo) denotan el légamo de gravísima idiotez en el que se hallan enfangadas gran parte de la clase política y la ciudadanía de este país.

En lo que merece la pena detenerse es en las argumentaciones empleadas por el núcleo nacionalista inspirador y promotor de la medida. Leo en El Mundo: “Varios portavoces nacionalistas, como Jordi Vilajoana (CiU) o José Manuel Pérez Bouza (BNG), invocaron (…) la normalidad del Europarlamento para explicar que no ocurriría nada porque esa imagen se trasladara a España: ‘¿Qué dirían ustedes si en el Parlamento Europeo sólo se pudiera hablar en inglés? ¿Qué dirían ustedes si no se pudiera hablar en español?’, espetó el senador gallego a los populares”. Debemos suponer, por tanto, que para Pérez Bouza, un eurodiputado español no-angloparlante (que ya tiene cojones), que necesitará sí o sí de una traducción simultánea para poder intervenir en las discusiones, es equiparable a un senador gallego rodeado de colegas hablando en español. Se podría aducir que también en Europa se ha optado por este sistema para respetar el derecho de cada país a emplear su propio idioma, sin tener que pasar por el embudo inglés, es decir, una concesión al orgullo patrio de cada cual, pero en ese caso estaremos equiparando el inglés o el francés o el alemán o el español al gallego, el catalán, el valenciano o el euskera. O mejor dicho, estaremos nivelando a Galicia, Cataluña, Valencia o el País Vasco con Francia, Reino Unido, Alemania o España. Y aquí ya pinchamos en hueso, o entramos en la verdadera materia del asunto. Como vemos, la supuesta insignificancia del episodio queda ya en entredicho. Hay que tener cuidado con las cosas que se apoyan porque pueden estar trufadas por dentro. ¿O es que, acaso, el apoyo también se extiende al relleno?

Miquel Bofill (ERC), por su parte, aseguró que la propuesta “está hecha a favor de la pluralidad y la democracia” y que “no va contra nada ni nadie, sino a favor de nuestras lenguas y del castellano, que no se merece ser una lengua impuesta”. Ciertamente el castellano, o el español, (al que el senador catalán no incluye entre “sus” lenguas) no se merece ser una lengua impuesta, pero al parecer el euskera, el catalán, el gallego, el valenciano sí que lo merecen. Lo merecen o lo necesitan. Porque, ¿qué sería de ellos sin una administración nacionalista que vele por sus cuitas? La respuesta, por supuesto, varía según el idioma del que hablemos, porque las tradiciones de cada uno son diferentes, su fortaleza es distinta, su historia literaria también. El proceso de implantación de estas lenguas, y sobre todo, la historia política de cada región, han provocado diversas formas de instrumentalización de las lenguas, su utilización como armas arrojadizas de naturaleza política, más que cultural. Ya está bien con Franco y su prohibición de todo desarrollo cultural vernáculo a excepción del carpetovetónico. Todos conocemos esa historia pero también otras muchas similares de pueblos que ni siquiera sojuzgados por peores totalitarismos o expuestos a más contundentes imposiciones han permitido la desaparición de sus más constitutivas esencias. Si el euskera tiene problemas de implantación en la vida moderna se debe al euskera y no a la vida moderna, y mucho menos al castellano o español. Si Agurtzane, Oriol o Breogán tienen serias dificultades para entender el castellano, no es porque Franco impidiera bautizar con esos nombres a sus tías las del pueblo. Hablo de la realidad, no de las contingencias. Franco fue una contingencia. Y, en todo caso, muy posterior a la realidad de la que hablo.

Juan VanHalen, portavoz del PP, responde: "España no es un estado plurilingüe", sino que "son bilingües algunas de sus comunidades". Aquí, que algunos ya estarán viendo un ataque a la pluri/multi/manidad de esa cosa innombrable que formamos sin querer, como si fuera el chorongo de una sentada, las diferentes regiones soberanas de la península, lo único que se recalca es que el idioma del Estado es una cosa y los idiomas del país una muy otra. "Los senadores deben hablar la lengua oficial de España porque representan a la totalidad del pueblo español, les guste o no". Esto es responder con las mismas armas: ¿no hablan de un gesto simbólico? Para gestos simbólicos cabe el principal, el que recuerda, porque haría falta, que el Senado, como el parlamento, representa a toda España, pero no tanto porque (y para que) estén todos (uno más otro más el de más allá), sino por re-presentar la "totalidad", concepto que, por supuesto, suena a violines herrmannianos en los oídos de los independentistas, los federalistas y los travestis del PSOE.

Miren Leanizbarrutia, una morroska divertidísima del PNV, defendió la propuesta porque España es un “estado plurinacional” (claro) y dijo (atención): “Soy una vasca várdula que tiene como idioma materno la lingua navarrorum, vasconesi navarrorum. Gracias a los que apoyen la petición de esta vasca várdula, porque me debo a mis ancestros”. Impresionante. Lo cual no impidió que acto seguido tildara de “posturas anacrónicas” a la oposición del PP y UPN. Por supuesto, todo ello en correcto castellano.

- Vosotros los españolistas siempre hacéis esa puntualización, se ve que no se os ocurre otra.

- Pero es que es verdad.

- Precisamente. Mientras no se apruebe esta medida estaré obligada a expresarme en castellano para que los demás me entiendan.

- Que una vez aprobada ya no importa tanto si le entienden…

- Una vez aprobada el que quiera podrá, tendrá derecho y herramientas auxiliares para manifestarse en el idioma que prefiera.

- Pero yo siempre me he preguntado por qué viven ustedes tan mal eso de hablar en español, o castellano, si le parece una palabra menos brusca. Parece que cuando lo hacen estuvieran sufriendo, como si su orgullo de raza o su libre albedrío claudicara, cediera posiciones.

- Tampoco hay que exagerar. Pero sí que nos cuesta.

- Dar un beso a alguien más bajito también cuesta un agache.

- No es un sufrimiento pero sí una renuncia.

- Coño, pero es que si quiero ir al cine no puedo ir al monte. Todo es una renuncia. El problema es qué parte de mi esencia como persona considero que comprometo cuando renuncio a una cosa o a otra.

- Tú no tienes problema porque te sientes español.

- Que es como decirme que no me duelen las amígdalas porque me las quitaron cuando era niño. Pero no me vas a hacer creer que sería mejor que me dolieran. Debo entender que tú no tienes problemas porque te sientes várdula, ¿o tienes problemas precisamente porque eres várdula? Por cierto… ¿dónde has aprendido a sentirte várdula?

La várdula vasca me sonríe y retira sus puentes de diálogo porque “no me vas a convencer y no te voy a convencer”, la frase/truco de siempre para imponer un ficticio final en “tablas” donde no hay más que una victoria y una derrota. Imagino este tipo de diálogos porque los he tenido constantemente y los seguiré manteniendo años y años y años. Hace poco me decían que sería más feliz si no me enfrentara a tantas cosas. Creo que es una hipótesis más que plausible, exactísima. Ahora bien, si tengo que elegir entre ser infeliz o ser un idiota…

P.D.:

(Babia: apartada comarca de la provincia de León, en España (...) Durante la Edad Media, al parecer, abundaba la caza en ese lugar y los reyes de León lo eligieron como punto de reposo, particularmente para alejarse de los problemas de la corte, complicada con las intrigas palaciegas de los nobles (...) Estas ausencias del rey motivaban a menudo la inquietud de los súbditos a quienes, cuando preguntaban por él, se les respondía evasivamente que el rey estaba en Babia.)

lunes, 18 de enero de 2010

Vencidos


La última película de los Coen termina con un amenazante tornado aproximándose a gran velocidad hacia un grupo de escolares. El viento arrastra hojas, ramas y plásticos hacia el furibundo cono, que suspende con su fragor todas las tensiones, todos los afanes del día a día adolescente y va engordando su negra turbiedad, extendiendo el perímetro de su arrebato. Como ante la interrupción súbita de una música inadvertida, los chavales, que hasta entonces tomaban casi a broma el suceso (al fin y al cabo el tornado supone suspender las clases, correr a cobijarse en el búnker subterráneo), pierden las ganas de sonreír y se enderezan oteando el horizonte que se aproxima, porque vislumbran un significado, una metáfora terrible centrifugando ira en la espesura de los cielos.

Con recalcitrante asiduidad solemos recurrir a los fenómenos atmosféricos y a las fuerzas de la Naturaleza para representar lo que de imponderable, arbitrario e injusto tiene a veces la vida. Triquiñuelas de dramaturgos que sólo aparentemente han superado la noción de un Dios vengativo y la travisten de borrascas impetuosas, ciegas tormentas, inmisericordes cataclismos que castigan nuestro egoísmo de especie, nuestra genética altivez, recordándonos cíclicamente la insignificancia de toda esa gran fábrica de cristales que es la civilización, siempre a un tris de explotar por el lado menos pensado. Y cuando ocurren estas desgracias, cuando nos desayunamos con miles de muertos sepultados bajo escombros, o con cientos de desconocidos acribillados de metralla en un mercado, es difícil resistir a la tentación de buscar un significado, un oscuro propósito a la loca irracionalidad de lo inútil, a la inservible falta de propósito de lo incontrolable. Porque hoy, un terremoto o un coche bomba, un huracán o un avión incrustado contra un rascacielos, son sólo ejemplos de lo mismo, fuerzas de la naturaleza de las cosas que nada ni nadie puede alterar.

El gobierno haitiano ha reclutado camiones para desescombrar Puerto Príncipe. Cargan sus espaciosas espaldas con toneladas de piedras y hierros que van volcando sobre fosas abiertas en descampados. Las imágenes recorren los telediarios. Las trampillas traseras de los contenedores ceden al peso de la amalgama de deshechos cuando un brazo hidráulico los eleva sobre el cuadriculado abismo practicado en la tierra. Es una imagen habitual en los vertederos de basura de todo el mundo. Pero aquí, entre los bloques de cemento, yeso y piedra, surgen de pronto otras formas de color ceniciento, el ojo se estremece al detectar entre dos parpadeos texturas blandas que nos cortan la respiración por su distinta forma de caer, semiocultas entre el polvo, abrazadas a los materiales de derribo, difícilmente recobrables a su previa condición humana. Y Nadal y Federer hacen el payaso divirtiendo a un público visiblemente entregado con la intención de recaudar un dinero que al parecer exige previamente de un espectáculo para poder ser contabilizado. Y las ayudas internacionales se pierden en aéreos triángulos de las Bermudas. Y las réplicas del seismo esparcen sus ondas en forma de epidemias, hambre, sed y rapiñas de hombres y mujeres convertidos en buitres por lo imponderable, los caprichos de esa columna vertebral que recorre los continentes y los océanos, y como un mal enfermo que no para quieto se sacude las capas de vida que lo cubren y lo embozan y asesina naciones con la facilidad con la que un estremecimiento recorre mi espalda en las frías mañanas de los helados días de enero, ya entibiado, ya olvidado.

Sean cien o doscientos mil, o seis millones de trillones, al desayuno siguiente los vivos olvidan a los muertos, los vencedores a los vencidos, el café con leche nos mancha los dedos al sumergir las galletas y masticamos y fumamos y cogemos autobuses y encontramos piso y empleamos mil disculpas y algún poema para cortar los lazos del pasado que creíamos tan triste, y ofuscados, confundidos, añoramos la primavera, las terrazas, los viajes y la carnosidad del melón de temporada y planeamos requiebros y admiramos la infinita sabiduría de las yemas de los dedos dibujando nuestra ausencia en nuevas almohadas y perdemos entradas y confundimos finales con principios y acallamos la conciencia con textos demagógicos y alentamos mundos mejores, incumplimos plazos, pagamos roscones, nos damos premios, compartimos sueños con virus, ilusiones gangrenadas, e intuimos, detrás de las zapatillas nuevas, de los discos viejos, cuando se abren los telones y se apagan las luces, que hay un mundo peor, porque lo dice Haneke o la CNN, que nos puede alcanzar como una caña de pescar puede invitarnos al anzuelo inadvertido, al mordisco fulminante, pero qué rápido se va, calla, qué bien se corre, sigue, qué rico que entra, dame, qué pronto se olvida, no pares, qué fácil se borra la sangre del vencido.

domingo, 11 de enero de 2009

La clase


Me había propuesto conectarme a Internet desde algún bar con wifi pero en mi barrio todos los locales de este tipo están cerrados hoy sábado. La vida universitaria, con resaca a estas horas, les da a los taberneros de aquí un rompan filas que se respeta hasta el lunes. He tenido que coger el autobús y acercarme al centro. Más de lo mismo. Aquí, quizá, porque las noches de los viernes son siempre más duras. El caso es que he tenido que plantarme a esperar a que abrieran uno de los bares de Reyes Católicos y a tal fin me he sentado en las escaleras del Koldo Mitxelena. Me había liado el cigarrillo cuando de pronto me encuentro con un profesor del liceo, Iñaki V., que se sorprende de manera bastante más efusiva que en anteriores ocasiones (me lo he encontrado varias veces en los últimos años), quizá porque el otro día me vio en los periódicos. Nos hemos puesto a hablar, yo en euskera, bastante mejor que en la entrevista del otro día para la ETB y sobre todo para Bizkai Irradia (un recuerdo bochornoso que tardará en dejar de taladrarme la conciencia). Al parecer, casi toda la plana mayor del profesorado de Barandiaran, el centro donde yo estudié los difuntos BUP y COU, han sido trasladados a la ikastola Zurriola. Tomás, mi profesor de euskera, y uno de los tipos más auténticos e irremplazables que he conocido nunca, se jubila este año. Tan sólo por ese motivo, debo hacer un esfuerzo e ir a visitarlos. Es una lástima que mi pobre euskera sea lo que me echa para atrás. Pensar en un hipotético reencuentro con Tomás, donde no podría decirle las palabras exactas que merecería escuchar, me sabe a oportunidad perdida. Pero lo cierto es que no hay otra opción posible. No es tanto como me ha ocurrido con Iñaki (y lo que hubiera ocurrido con el resto, incluso con aquellos profesores que daban sus clases básicamente en español, como Arantza, de Lengua, Manu, de Literatura, o Ana, de Latín), a saber, que su pertenencia al universo de la institución que me dio mi formación eusquérica me obligue a hablarle en euskera, situación que ya sufríamos cuando, siendo sus alumnos, nos encontrábamos de tarde en tarde con alguno de ellos por las calles (recuerdo incluso la sensación, a veces de vergüenza, que me invadía cuando pensaba en que estaban atestiguando mi forma de pasar las horas de ocio, aquellas que nunca compartiríamos y que, de alguna manera, son las que mejor nos definen, sobre todo a esa edad). Con Tomás influirían, además, otros elementos, sobre todo su neta vinculación a la cultura vasca y vasquista, abertzale. El respeto a su ética profesional y sobre todo los excelentes recuerdos que atesoro de su trato extra-académico, tanto para con mi hermano como para conmigo, me empujan a tratarlo con una veneración extraordinaria. Volver a dar la mano a Batis, mi profesor de Historia y principal responsable de mi posterior dedicación al estudio de la Historia (así suena mejor de lo que fue), es otro instante que en el fondo desearía vivir. Y digo en el fondo porque uno es consciente de que este tipo de momentos los hemos visto muchas veces en las películas (norteamericanas) y da un poco de asco cuando a uno le afloran estos ramalazos waltdisneyianos que no puede evitar. Y que, además, guardamos reciente memoria de momentos similares que resultaron un auténtico desastre, la ruptura traumática de la infinitamente más cálida hipótesis imaginada. Me ha pasado con algunos profesores anteriores, precisamente aquellos de quienes conservas menos e inconexos recuerdos y que son los que más podrían ayudarte a recordar. La cercanía para con un profesor es siempre una voluntad de recuperar el reflejo, el testimonio de lo que fuimos a la edad en que pasamos por sus vidas. Los hay que no han dejado demasiadas huellas, yo mismo por ejemplo en muchos profesores. Pero los hubo especiales, y a por ellos nos volcamos como frente a una bola de cristal, para disipar las brumas del tiempo y el autoengaño, temerosos de que no guarden de nosotros la grata memoria que nosotros sí conservamos, pero inevitablemente ligados a sus vidas. Además, están los profesores que atestiguaron tu formación física, emocional, y los hay que coincidieron en la época de tu formación espiritual e intelectual. Reencontrarlos, ver en sus ojos la ilusión o la perfecta indiferencia que les inspiras, emociona de forma diferente si quien te topas te vio convertirte en hábil manejador de voluntades colectivas durante los trabajos creativos de grupo (en un informe, mi profesora de EGB escribió: “le gusta mandar; no acepta las opiniones diferentes y trata de imponer a toda costa la suya”) o si lo que presenció fueron tus ingenuos y acalorados panegíricos de Kafka o Pío Baroja. Recuerdo que un profesor, Edu, se paró frente a mi mesa una vez y cogió el libro que entonces me estaba leyendo; era uno de Baroja. “¡Bah!”, graznó, dejando caer prácticamente el libro, “esto es una mierda”. Yo, boquiabierto, le pregunté por qué. “Porque nunca escribió en su lengua”. Sí, a veces, hemos tenido que pasar por grandes momentos como éste. Sin embargo, otros, nos han regalado inolvidables momentos como el que sigue: recuerdo que era un viernes de huelga, la víspera se había procedido, por parte de los de siempre, a una de aquellas votaciones arbitrarias que, por alguna razón, revestía de una especial seriedad (no recuerdo el motivo de la movilización). Los pocos que acudimos a clase pudimos ser testigos de una lección magistral que quizá hoy alguien pueda considerar maniquea o demasiado efectista, pero que bien mirado no lo fue en absoluto, sino más bien todo lo contrario: un gran ejemplo de cómo un profesor puede y debe enseñar más que la simple materia que le corresponda. La primera clase de la mañana era la de Historia. Llegó Batis, a la sazón también director del centro desde hacía algún tiempo, y sin darnos casi tiempo a comentar la excepcionalidad de la situación (la clase estaba prácticamente vacía, no éramos más de ocho), se puso a leernos un texto que después pasaríamos a comentar, siguiendo las pautas que nos había explicado. Se trataba de una carta intimidatoria enviada al responsable de alguna institución o empresa en la que los remitentes, representantes de una fuerza en estado de exaltación y lucha, se lamentaba de las últimas medidas adoptadas por el destinatario en razón al movimiento que defendían, y le amenazaban con unas imprevisibles consecuencias. Al terminar la lectura, Batis nos pidió que contextualizáramos cronológica e históricamente lo que habíamos escuchado. Todos convinimos en situar la carta en los prolegómenos de la segunda guerra mundial, durante el auge del nazismo. ¿El autor o autores? Responsables de las SS o de algún otro organismo coercitivo similar. Recuerdo que Batis estaba serio, escuchándonos, asintiendo con la cabeza lo que respondíamos. “Sin duda, es un texto fascista”. Claro, dijimos todos, es el intento de imposición de un criterio político en base al miedo. “Pues realmente es la carta que he recibido, como director de este centro, de mis ex-compañeros de sindicato”. La carta se refería a su decisión de no secundar la huelga convocada por diversos grupos abertzales, entre los que figuraban instituciones perfectamente oficiales. Batis se pasó el resto de la clase dejando salir toda la rabia y el dolor que la traición le había causado. Fue la primera persona vinculada al profesorado que escuché en mi vida llamar fascista al independentismo vasco. Batis fue un gran profesor, por su elegancia, por su enorme capacidad didáctica, por su verbo sencillo y exquisito (en euskera) y también por aquella clase que nos dio a ocho alumnos, un poco decepcionados al principio cuando vimos que el profesor no daba aquel día por perdido y se disponía, aparentemente, a darnos una clase normal.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El silencio


El otro día llegábamos a Madrid de madrugada, como quien dice, y un taxi muy esperado nos trajo a casa. El conductor era de los que apetecen hablar a todas horas y a toda costa. Nos pilló el acento vasco o lo que fuera y se puso directamente a hablar de los vascos más vascos de entre todos los vascos, de Ellos, claro. Incendiado por el último asesinato, pero sobre todo por lo que él llamaba "la cobardía de los que miran y no hacen nada", el taxista se preguntaba "¿cómo es posible que estén matando y que nadie salga a la calle a hacer algo?".

Hay veces en que uno coge un taxi y el taxi le lleva a dar una vuelta por las calles. Hay veces que son calles de fantasía, calles de Serrano o calles de Philadelphia, calles como de queso suave y blanco, lechoso e insípido. Pero hay veces que el taxi trepida por sobre adoquines y te vas despertando a saltitos bruscos y amantes, como un niño que llega tarde al que su madre despabila. Hay que montarse en estos taxis de certezas y verdades como puños, de puños como adoquines, que te echan el aliento de sus opiniones, fuertes y cerradas como olor a bodega, como el rastro suave del vino tinto en esos besos de madrugada que suele dar el que vuelve tarde al que se quedó dormido esperando. El taxista nos buscó las cosquillas que no teníamos, se mostró brutal y directo, demasiado, pero al taxista no le faltaba razón. Uno se sube al taxi si quiere y aguanta la borrasca como puede. Pero no pude dejar de pensar en lo que dijo, en las muchas veces que lo he pensado y en las pocas en que me he incluído a mí mismo dentro de ese "grupo de personas que ve lo que está ocurriendo y no hace nada".

Este verano leí un libro fascinante, aunque fuera tan breve y introductorio como una mera recopilación de reseñas a otros libros, titulado "Descifrando cenizas" de Beatriz Martínez de Murguía, un mini ensayo sobre la conducta de los pueblos que son testigo de genocidios, sobre la culpabilidad de los que no se involucran activamente ni en el exterminio de disidentes ni en su defensa, sobre ese tercer estamento de la neutralidad, de la tan cacareada imparcialidad. Los que ni siquiera mostraron gestos de compasión ante los antes amigos judíos que ahora, repentinamente, no podían andar por las aceras, tenían prohibida la entrada a los parques y los cafés que ayer mismo visitaban o se veían despojados de sus casas y pertenencias para acabar superpoblando un estercolero humano llamado gueto. ¿El silencio es cómplice? ¿La inactividad, el mirar hacia otro lado, el hacerse el no enterado, es otra forma de culpabilidad? Como en todo, hay grados. Se puede ser benevolente, como muchos de los judíos supervivientes, que atestiguaron en sus diarios la enorme significación en aquellos momentos de simples gesto de respeto y condolencia por parte de ciudadanos , el apretón fugaz de dos manos crispadas al abrigo de una esquina oscura, la caída de ojos de la vergüenza en un rostro atenazado por el miedo, el simple susurro de cuatro palabras afectadas aprovechando el cruce de una calle, gestos mínimos que no convierften a quienes los hicieron en héroes, pero al menos los salvan de la más directa condenación. Pero se puede ser estricto y considerar entonces que todos, yo y el taxista, quizá no estemos haciendo lo suficiente.

¿Qué? ¿Quién? Decían en "Shock Corridor", impresionante película de Sam Fuller: "Cuando Dios quiere destruir a alguien, primero lo vuelve loco". Entiéndase locura por cordura incorrecta.

(Foto sacada de diegothegenerprox.files.wordpress.com.)