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lunes, 5 de julio de 2010

Primo


La lectura de la Trilogía de Auschwitz de Primo Levi está siendo borrascosa, como era de prever. El primer libro, "Si esto es un hombre", se centra en las experiencias pero más concretamente en las reflexiones de Levi durante su estremecedora cautividad en el Lager o "campo de trabajo" de Morowitz, a siete kilómetros de Auschwitz, el centro de la maquinaria aniquiladora nazi en Polonia. Comparto aquí una serie de extractos por lo que tienen de abrumadores testimonios de una serie de cuestiones morales que van mucho más allá del catálogo de horrores y escenas monstruosas que muchos ya conocemos, y otros dicen saber y estar cansados de escuchar. Siempre tiemblo un poco ante este "cansancio" que dicen sentir algunos, como si les pareciera más pertinente recalcar cierta sospecha de victimismo que tratar de encarar la falla espiritual y humana que aún hoy, no precisamente faltos de horrores en el mundo, considero imprescindible conocer. Iba a decir también comprender. Pero estoy con Primo en que comprender es imposible.

“Aquí estaba, ante nuestros ojos, bajo nuestros pies, uno de los famosos trenes de guerra alemanes, los que no vuelven”.

“Todo el mundo descubre, tarde o temprano, que la felicidad perfecta no es posible, pero pocos hay que se detengan en la consideración opuesta de que lo mismo ocurre con la infelicidad perfecta. Los momentos que se oponen a la realización de uno y otro estado límite son los de la misma naturaleza: se derivan de nuestra condición humana, que es enemiga de cualquier infinitud. Se opone a ello nuestro eternamente insuficiente conocimiento del futuro; y ello se llama, en un caso, esperanza, y en el otro, incertidumbre”.

“No hay dónde mirarse, pero tenemos delante nuestra propia imagen, reflejada en cien rostros lívidos, en cien peleles miserables y sórdidos. Ya estamos transformados en los fantasmas que habíamos vislumbrado anoche”.

“La muerte empieza por los zapatos”.

“Heme aquí, por consiguiente, llegado al fondo. A borrar con una esponja el pasado, el futuro se aprende pronto si os obliga la necesidad. Quince días después del ingreso tengo ya el hambre reglamentaria, un hambre crónica desconocida por los hombres libres, que por la noche nos hace soñar y se instala en todos los miembros del cuerpo; he aprendido ya a no dejarme robar, y si encuentro una cuchara, una cuerda, un botón del que puedo apropiarme sin peligro de ser castigado me lo meto en el bolsillo y lo considero mío de pleno derecho. Ya me han salido, en el dorso de los pies, las llagas que no se curan. Empujo carretillas, trabajo con la pala, me fatigo con la lluvia, tiemblo ante el viento; ya mi propio cuerpo no es mío: tengo el vientre hinchado y las extremidades rígidas, la cara hinchada por la mañana y hundida por la noche; algunos de nosotros tienen la piel amarilla, otros gris: cuando no nos vemos durante tres o cuatro días nos reconocemos con dificultad. Habíamos decidido reunirnos los italianos todos los domingos en un rincón del Lager: pero pronto lo hemos dejado de hacer porque era demasiado triste contarnos y ver que cada vez éramos menos, y más deformes, y más escuálidos. Y era tan cansado andar aquel corto camino: y además, al encontrarnos, recordábamos y pensábamos, y mejor era no hacerlo”.

“[…] que precisamente porque el Lager es una gran máquina para convertirnos en animales, nosotros no debemos convertirnos en animales; que aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio; y que para vivir es importante esforzarse por salvar al menos el esqueleto, la armazón, la forma de la civilización. Que somos esclavos, sin ningún derecho, expuestos a cualquier ataque, abocados a una muerte segura, pero que nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento. Debemos, por consiguiente, lavarnos la cara sin jabón, en el agua sucia, y secarnos con la chaqueta. Debemos dar betún a los zapatos no porque lo diga el reglamento sino por dignidad y por limpieza. Debemos andar derechos, sin arrastrar los zuecos, no ya en acatamiento de la disciplina prusiana sino para seguir vivos, para no empezar a morir. Estas cosas me dijo Steinlauf, hombre de buena voluntad: cosas extrañas para mi oído desacostumbrado, entendidas y aceptadas sólo en parte, y mitigadas por una doctrina más fácil, dúctil y blanda, la que hace siglos que se respira más acá de los Alpes y según la cual, entre otras cosas, no hay vanidad mayor que esforzarse en tragarse enteros los sistemas morales elaborados por los demás, bajo otros cielos. No, la prudencia y la virtud de Steinlauf, ciertamente buenas para él, no me bastan. Frente a este complicado mundo inferior mis ideas están confusas: ¿será realmente necesario establecer un sistema y practicarlo? ¿No será más saludable tomar conciencia de no tener sistema?”

“La facultad humana de hacerse un hueco, de segregar una corteza, de levantarse alrededor de una frágil barrera defensiva, aun en circunstancias que parecen desesperadas, es asombrosa”.

“¿Por qué el dolor de cada día se traduce en nuestros sueños tan constantemente en la escena repetida de la narración que se hace y nadie escucha?”

“Su vida es breve pero su número es desmesurado; son ellos, los Muselmänner, los hundidos, los cimientos del campo, ellos, la masa anónima, continuamente renovada y siempre idéntica, de no hombres que marchan y trabajan en silencio, apagada en ellos la llama divina, demasiado vacíos ya para sufrir verdaderamente. Se duda en llamarlos vivos: se duda en llamar muerte a su muerte, ante la que no temen porque están demasiado cansados para comprenderla. Son los que pueblan mi memoria con su presencia sin rostro, y si pudiese encerrar todo el mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería ésta: un hombre demacrado, con la cabeza inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se puede leer ni una huella de pensamiento”.

“Los civiles, más o menos explícitamente y con todos los matices que hay entre el desprecio y la conmiseración, piensan que por haber sido condenados a esta vida nuestra, por estar reducidos a esta condición nuestra, debemos estar manchados por alguna misteriosa y gravísima culpa. Nos oyen hablar en muchas lenguas diferentes que no comprenden y que suenan a sus oídos grotescas como voces de animales; nos ven innoblemente sometidos, sin pelo, sin honor y sin nombre, golpeados a diario, más abyectos cada día, y nunca descubren en nuestros ojos una chispa de rebeldía, de paz ni de fe. Nos saben ladrones e indignos de confianza, enfangados, andrajosos y hambrientos y, confundiendo el efecto con la causa, nos juzgan dignos de nuestra abyección”.

“Si el año pasado en esta época nos hubiesen dicho que íbamos a ver otro invierno en el Lager, nos habríamos dirigido a tocar el tendido eléctrico; y también lo haríamos ahora si fuésemos lógicos, si no fuera por este insensato y loco residuo de inconfesable esperanza”.

“Poco a poco, prevalece el silencio y entonces, desde mi litera que está en el tercer piso, se ve y se oye que el viejo Kuhn reza, en voz alta, con la gorra en la cabeza y oscilando el busto con violencia. Kuhn da gracias a Dios porque no ha sido elegido. Kuhn es un insensato. ¿No ve, en la litera de al lado, a Beppo el griego que tiene veinte años y pasado mañana irá al gas, y lo sabe, y está acostado y mira fijamente la bombilla sin decir nada y sin pensar en nada? ¿No sabe Kuhn que la próxima vez será la suya? ¿No comprende Kuhn que hoy ha sucedido una abominación que ninguna oración propiciatoria, ningún perdón, ninguna expiación de los culpables, nada, en fin, que esté en poder del hombre hacer, podrá remediar ya nunca? Si yo fuese Dios, escupiría al suelo la oración de Kuhn”.

“Es una suerte que hoy no sople el viento. Es extraño, de alguna manera se tiene siempre la impresión de tener suerte, de que cualquier circunstancia, tal vez infinitesimal, nos sujeta junto al abismo de la desesperación y nos permite vivir. Llueve, pero no sopla el viento. O tal vez llueve y sopla el viento: pero sabes que esta tarde te toca a ti el suplemento de potaje y, entonces, también hoy encuentras fuerzas para superar la tarde. O incluso tienes lluvia, viento y el hambre cotidiana, y entonces piensas que si no te quedase otro remedio, si no sintieses en el corazón más que sufrimiento y tedio, como a veces sucede, que te parece en verdad yacer en el fondo, pues bien, aun entonces, pensamos que si queremos, en cualquier momento, siempre podemos llegarnos hasta la alambrada eléctrica y tocarla o arrojarnos bajo los trenes que maniobran, y entonces dejaría de llover”.

“El hombre que va a morir hoy entre nosotros ha tomado parte de algún modo en la revuelta [de insurrectos en el campo de Birkenau]. […] Morirá hoy bajo nuestras miradas; y quizás los alemanes no comprendan que la muerte solitaria, la muerte de hombre que le ha sido reservada, le servirá de gloria y no de infamia. […] todos oyeron el grito del moribundo, éste traspasó las gruesas y antiguas barreras de inercia y de sumisión, golpeó el centro vivo del hombre en cada uno de nosotros:

- Kamaraden, ich bin der Letze! (¡Compañeros, yo soy el último!)

Me gustaría poder contar que entre nosotros, rebaño abyecto, se hubiese levantado una voz, un murmullo, un signo de asentimiento. Pero no sucedió nada. Hemos continuado en pie, encorvados y grises, con la cabeza inclinada, y no nos hemos descubierto la cabeza más que cuando el alemán nos lo ha ordenado. El escotillón se ha abierto, el cuerpo se ha deslizado atrozmente; la banda ha vuelto a tocar, y nosotros, de nuevo formados en columna, hemos desfilado ante los últimos temblores del moribundo. Al pie de la horca, los SS nos veían pasar con miradas indiferentes: su obra estaba realizada y bien realizada. Los rusos pueden venir ya; ya no quedan hombres fuertes entre nosotros, el último pende ahora sobre nuestras cabezas, y para los demás, pocos cabestros han bastado. Pueden venir los rusos: no nos encontrarán más que a los domados, a nosotros los acabados, dignos ahora de la muerte inerme que nos espera. Destruir al hombre el difícil, casi tanto como crearlo: no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí dóciles bajo vuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer: ni actos de rebeldía, ni palabras de desafío, ni siquiera una mirada que juzgue”.

“En el Lager pensar es inútil, porque los acontecimientos se desarrollan las más de las veces de manera imprevisible; y es perjudicial, porque mantiene viva una sensibilidad que es fuente de dolor”.

jueves, 13 de mayo de 2010

Pla


Madrid, 1921. Un dietario.

"He salido de casa dispuesto a contemplar el espectáculo más enardecedor que le es dado presenciar al ciudadano de este país que paga impuestos: el espectáculo de la entrada de los burócratas y funcionarios en las oficinas de la Administración central. (...) En cierta manera, este espectáculo entristece considerablemente el frescor matutino de Madrid. De diez a doce, en efecto, hora de ir a la oficina, Madrid es un funeral. ¡Qué caras más largas y terribles! ¡Qué pupilas más lívidas y cloradas! ¡Qué mandíbulas más apretadas se ven pasar! (...) Se levantan echando chispas. Es entonces cuando se ve el servicio que presta en los usos nacionales la existencia de un profuso santoral pasivo y resignado del que se puede no dejar títere con cabeza. A punto está el chocolate desleído que purga, o el café con leche que sabe mal. Una ojeada al periódico con una cara tan atravesada que más vale no decir palabra. El primer cigarrillo: el único oasis en este desierto circuido por una perspectiva de papel sellado. Salen presurosos a la calle porque casi siempre se les hace tarde. Ya pueden cantar los pájaros; ya puede ser azul el cielo; ya pueden manar las fuentes municipales. La oficina es una obsesión, el olor de papel de barba les retuerce el estómago como quien hace girar una llave. Caminan enervados, ausentes, desesperados. Poco servimos, francamente, para trabajar para los demás -ni, naturalmente, cobrando. (...) El despertar de un comerciante, de un banquero, de un industrial, es joven y animado, y, por lo tanto, el despertar de una ciudad en la que tengan preponderancia estos estamentos tiene que ser por fuerza optimista y brillante. El despertar de un burócrata malhumorado es, en cambio, un espectáculo subversivo (...). Una solución sería obligar a los burócratas a pasar por calles poco céntricas y colocar, de trecho en trecho, unas mesas bien dispuestas y, sobre ellas, unos revólveres cargados por si algún burócrata o empleado quisiera, antes de llegar a la oficina, suicidarse".

"Hoy, en la calle de Alcalá, me han presentado al señor A. C., un caballero todo movimiento, con una capa. Después, pregunto:
- ¿Quién es este señor?
- Este señor es una importante celebridad. Es aquel empleado del Estado que un día puso en la puerta de su despacho oficial: Horas de oficina: de una a una y media".

"La policía se mueve mucho, a causa del asesinato [de Eduardo Dato, presidente del Gobierno, 8 de marzo de 1921], naturalmente. Se dice que los asesinos son catalanes y que detienen a todo el que habla con acento catalán. En la tertulia del Regina cuentan que un señor fue a la estación de Barcelona a despedir a una persona de su familia.
- ¿A dónde va? - preguntó la policía.
- A despedir a un pariente.
- Pase. Su acento es satisfactorio.
Camba me dice, a modo de conclusión:
- Amigo Pla, no conseguirá usted escapar...
Es notorio que tengo un acento terrible, escandaloso.
- Lo único que me salvará, amigo Camba, es que, si bien tengo un acento verdaderamente raspado, en cambio construyo discretamente. La fonética me perderá, pero me salvará la sintaxis.
(...) ¿Qué hacer? Decido hablar lo menos posible. No queda más remedio. En el quiosco de periódicos, cuando quiero "El Sol" apunto al astro del día; cuando quiero "La Voz" me pongo el dedo en la boca; "El Imparcial" me lo procuro haciendo el gesto de lavarme las manos. La vendedora me comprende y me facilita las transacciones. La gente se cree que soy mudo, y a los mudos no se les dice nada, aunque sean catalanes".

"En estos países tostados y blancos es mucho más interesante ver los ojos que pone la gente al comprar y vender colchones usados que leer los libros de filosofía trascendental".

"Los habitantes del País Vasco tienen en Madrid dos monopolios: la banca y los restaurantes. (...) Un castellano eminente, acendrado representante de las grandes virtudes castellanas, Francisco de Cossío, me ha explicado muchas veces, con cierta melancolía, que en Castilla la cocina ciertamente existe, pero que es algo difícil de encontrar. Según los historiadores, parece que esto tiene su origen en la Reconquista, que aquí fue muy larga. La vida puramente militar que llevó este pueblo durante tantos siglos impuso forzosamente una cocina sumaria. La cocina castellana es a base de asados, de paso rápido por el fuego, una cocina para darse prisa y dejarse de historias. (...) Este asado tiene que ser sumario: tiene que hacerse de modo que se advierta en la carne la preocupación de que surjan, detrás de unas encinas, unas lanzas y armaduras, a ser posible almorávides. El castellano no guisa ni se entretiene cocinando. Todas esas diversas combinaciones empíricas de la salsa bien ligada son casi desconocidas aquí.

(...) ¿Por qué hay en Madrid tanta cocina vasca? A mi entender, porque el vasco, que tiene una cocina basada en los pescados y pescaditos de las aguas, prepara precisamente los platos en que el castellano, hombre de interior, sueña, por contraste, con más afán. (...) La cosa más curiosa de la cocina vasca son las angulas, que se sirven en una cazuelita de barro, nadando en un baño de aceite hirviendo, una guindilla y un diente de ajo. La angula es la anguila minúscula que sale del golfo de México, cruza todo el Atlántico, a remolque de la corriente del golfo, y va a criar en las rías del golfo de Vizcaya, tomando este golfo en su acepción más vasta. Pese a sus dimensiones insignificantes, la angula, pues, surca todo el océano para terminar recreando el paladar de la gente vasca. De la larga navegación guarda el pescadito un sabor cósmico, de una calidad blanda y monstruosa, que enlaza admirablemente con la tendencia a la glotonería - contrapeso de la castidad -, que parece ser el pecado capital más notorio de la raza vasca.

No se puede negar que en el terreno culinario, como en el terreno bancario, los vascos ejercen una verdadera hegemonía sobre Madrid. En cambio, la hegemonía de las ideas políticas catalanas - en este momento - es un hecho igualmente indudable. A través de las formas de su hegemonía - estómago y bolsillo - los vascos representan en España un elemento indudable de consolidación. En cambio, las formas de la hegemonía catalana mantienen al país en un estado de agitación constante, y a menudo de un energumenismo insoportable. El castellano, pobrecito, sufre por todos lados. De un lado, Cataluña le pone la cabeza como un bombo, y no le deja respirar de inquietud y de tósigo problemático. El vasco, en cambio, tira por otro lado, prometiendo un nirvana bancario y culinario. Puesto en esa disyuntiva, el castellano sale con las manos en la cabeza y casi nunca sabe por dónde anda".

"Quería ir al Ateneo (...) No he ido. A los veinte años la primavera desbarata todos los planes. Uno se siente como una larva trémula y desorientada. ¡Qué cosa más seca, más ingenua, más triste, más insatisfactoria resultan la cultura y todos los libros del mundo y el arte y tantas otras cosas ante un hecho de vida elemental! (...) En este tiempo es cuando se ve con más claridad que hay que escoger: o vivir fuera de uno mismo, dejarse arrastrar por el torbellino de este mundo y ser feliz, o meterse en sí mismo, a medias naufragado en el secreto lago de la melancolía personal".

miércoles, 28 de abril de 2010

Chaves Nogales

Libros del Asteroide, esa gran editorial de exquisita profesionalidad que tantas alegrías me ha deparado ya, continúa recuperando la obra y reivindicando la figura de Manuel Chaves Nogales, excelente periodista español (Sevilla, 1897- Londres, 1944), publicando ahora el que desde mi punto de vista es el mejor de los volúmenes hasta el momento reeditados (“El maestro Juan Martínez que estaba allí” y “Juan Belmonte, matador de toros”, a los que debe sumarse la colección de narraciones cortas “A sangre y fuego” puesta en circulación por Espasa en 2006): “La agonía de Francia” es un imprescindible y clarividente ensayo sobre la caída de Francia en manos del imperio nazi que atiende a las razones subterráneas, los conflictos ideológicos, las traiciones soterradas, más que a las contingencias acaecidas a nivel militar o político. Además de que me ha supuesto un reencuentro con la literatura histórica entendida en su mejor sentido que hacía tiempo no había catado, y de refrescar el recuerdo (y quizá aplacar las recriminaciones) de por qué estudié la carrera que estudié, el libro de Chaves Nogales me ha impactado de una manera radical por su contundencia, sus argumentaciones inapelables (si bien extendibles, y en ocasiones puntualizables), pero también por el aliento dolorido, exaltado, elegíaco, que rezuman sus páginas, escritas en un español equilibrado, jugoso, de una musicalidad rocosa, ametralladora, emocionante.

Uno tiene la sensación de que Chaves Nogales lo escribió en un estado de furia e incontinencia febril. Posee una urgencia que no riñe con la contundencia de las razones, su prosa es ígnea, electrizante. Chaves Nogales escribe para la posteridad, con la intención de que lo que acaba de ocurrir ante sus ojos no se pierda en el olvido de los años venideros. Es una crónica de guerra escrita en el inmediato exilio, casi en directo, como buen periodista, imbuido en su tiempo, si bien desde la posición privilegiada que debe a sus conocimientos y sobre todo a su insobornable posicionamiento ideológico, furibundamente liberal, contrario por naturaleza a toda forma de opresión antidemocrática, lo que le hace esquivar la tendenciosidad partidista que neutraliza a muchos de sus contemporáneos. Chaves Nogales no escribe desde el despacho o el círculo intelectual, la camarilla, parapetado tras las armaduras de la voz generacional o las instituciones públicas. Es una voz individual y por ello de una soledad lunar. Exiliado de su país cuando el gobierno de la República abandona definitivamente Madrid, que no antes, acude a Francia en busca de la libertad imprescindible para continuar ejerciendo su labor periodística y contribuyendo en la medida de sus posibilidades a la guerra contra el totalitarismo en sus dos formas, la fascista de Hitler y Mussolini y la comunista de Stalin. La experiencia española le permite leer con inusitada clarividencia la novela de desolación y miseria que se desarrolla ante sus ojos, identificando con exactitud los diversos tumores que socavan el espíritu francés esencialmente democrático. Chaves Nogales eleva un grito de protesta cuando Francia todavía humea en ruinas. Solitaria voz que nos hizo una foto en el 36 y nos hemos ido pareciendo a ella, como al retrato aquél de Picasso. La lectura, hoy, de “La agonía de Francia” no podría ser más necesaria. Además de presentar con modélica sencillez y sorprendente lucidez los complejos procesos de destrucción nacional que llevó al país vecino a claudicar ante el embate del totalitarismo, Chaves Nogales nos proporciona el retrato íntimo y profético de unos mecanismos ideológicos de indiscutible actualidad, las claves de muchas de las opiniones o tendencias de nuestra sociedad. Saltan a la vista, en los discursos y las argumentaciones esgrimidas por los traidores, las raíces de la variada floresta que nos invade hoy mismo. Hablo de fenómenos que no ocupan las páginas de los periódicos, que sólo serán revelados, analizados, denunciados, en textos actuales que posean la inmediatez, la hondura, el nervio humano, la justificación y la pertinencia de "La agonía de Francia".

He seleccionado algunos pasajes, espero que sin perjuicio de los sacrosantos derechos de autor, ya que sólo me mueve el deseo de publicitar las grandezas de este magnífico, aterrador librito que recomiendo a todo, todo el mundo. (He editado algunas frases, uniendo en párrafos fragmentos a veces pertenecientes a capítulos diferentes, siguiendo un criterio argumentativo).

“La revelación más sorprendente y espantable del derrumbamiento de Francia ha sido ésta de la indiferencia inhumana de las masas. Las ciudades no han tenido en ninguna otra época de la historia una expresión tan ferozmente egoísta, tan limitada a la satisfacción inmediata y estricta de los apetitos y las necesidades de cada cual. Seguíamos manteniendo la ilusión de que la gran ciudad engendra el mito de la ciudadanía. Hemos visto ahora que la gran ciudad moderna, con toda su vibración y su formidable progreso material, es un ser inanimado, una fuerza y una resistencia gigantesca si se quiere pero que sólo actúan en el dominio estricto de su propia función, que permanecen inoperantes cuando se quiere esgrimirlas con una finalidad espiritual superior. (…) El Estado puede hundirse y desaparecer para siempre y el pueblo puede caer en la esclavitud sin que el autobús haya dejado de pasar por la esquina a la hora exacta (…). En la ciudad antigua, cuando la lucha era a la medida del ciudadano, éste abandonaba fácilmente sus quehaceres pacíficos en el momento del peligro y se convertía en el soldado de su independencia. Esto fue posible en Numancia. No ha sido posible en París ni lo sería en Nueva York. (…) La masa popular francesa de los últimos tiempos estaba formada únicamente por la suma de todos estos egoísmos individuales llevadas al paroxismo, al absurdo de que fuese más fácil y menos peligroso suprimirle al pueblo sus libertades seculares o su dignidad ciudadana que suprimirle una línea de autobús. (…) las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido (…)”.

“A Francia habían acudido en los últimos tiempos grandes masas de hombres que buscaban en ella amparo frente a la nueva barbarie que se desencadenaba en Europa a cambio de ofrendarle sus vidas, su trabajo y sus hijos. (…) Cerca de un millón de italianos, medio millón de españoles, cientos de miles de checos, austríacos, polacos, rumanos, rusos, alemanes y judíos de todas las nacionalidades servían sumisos y humildes a la grandeza de Francia, sólo por devoción al mito de la democracia. La monstruosa elaboración de los Estados totalitarios y su expansión triunfal llevaba a Francia a unas masas de humanidad que representaba una selección espiritual, una élite de todos los pueblos de Europa (…), eran los mejores, los más fuertes, los más dignos, los que habían sabido resistir, los que no se habían doblegado ante la barbarie triunfante (…). Francia se había suicidado, pero al suicidarse había cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza.”

“Las democracias, privadas de la asistencia de las masas, en cuyo nombre actúan y gobiernan, están perdidas. El totalitarismo, la nueva barbarie, lo único que ha conseguido ha sido sustraer a la democracia las masas populares que eran su razón de ser. (…) Francia ha ido sucumbiendo a medida que le extirpaban en el pueblo las virtudes de la democracia. Querían acabar con la democracia y han acabado con Francia. (…) En el fondo (…) no hay más que una verdad. Hasta ahora no se ha descubierto una fórmula de convivencia humana superior al diálogo, ni se ha encontrado un sistema de gobierno más perfecto que el de la asamblea deliberante, ni hay otro régimen de selección mejor que el de la libre concurrencia. Es decir, el liberalismo, la democracia. En el mundo no hay más. Al menos, por ahora. Francia estaba condenada a perecer desde que, sugestionada por la fuerza terrible del adversario, comenzó a renegar de esta verdad que había sido la razón de su grandeza”.

“Francia no comprendió que, para seguir viviendo con dignidad como nación independiente, los franceses tenían que morir por España, por Checoslovaquia y por Danzig (…). Entonces se acusaba de belicistas a los hombres que intentaban provocar una reacción decorosa de Francia ante la vasta maniobra envolvente que metódicamente desarrollaba el hitlerismo con la colaboración de Italia y con la complicidad de los mismos reaccionarios franceses (…). Jamás un pueblo ha querido engañarse a sí mismo con tanta firme voluntad. No era sólo que sus dirigentes practicasen la política clásica de la avestruz. Era que el pueblo mismo la exigía y la aplaudía.”

“Todos los idiotas del mundo –incluso los idiotas demócratas- se han puesto de acuerdo en proclamar que la democracia y el liberalismo, con su corrupción, su incapacidad, su falta de energía y resolución, han sido la causa fundamental de la decadencia de Francia y de su derrumbamiento final. Esta unanimidad en el juicio de los tontos es uno de los mayores prodigios realizados por los fabulosos medios de captación de que dispone en nuestro tiempo la propaganda manejada sin escrúpulo por los Estados”.

“Desde el soldado que estaba en la trinchera hasta el ministro y el general y el banquero y el gran industrial, todos se esforzaban por instalarse lo más cómodamente posible en la guerra como si no se tratase de ganarla afrontando valientemente los sufrimientos que impusiera, sino de hacerla soportable, de aguantarla indefinidamente con la menor molestia posible. (…) El ciudadano francés, perdida su fe en la ciudadanía liberal, había sido arrastrado por la barbarie, esta barbarie moderna que sacrifica la dignidad humana a la satisfacción de los instintos dentro del cuadro estricto de una reglamentación de policía urbana inflexible”.

“ ‘Drôle de guerre!’. Al que lanzó esta exclamación había que haberle ahorcado. En ella iba, hábilmente disimulado, todo el derrotismo de Francia. ‘Drôle de guerre!’. Es decir, guerra extraña, absurda, rara, inexplicable (…), disparatada, grotesca, insensata, ilógica, guerra sin justificación que no se debía haber hecho, guerra estúpida y estéril. (…) la guerra era drôle para quienes no creían en ella ni estaban dispuestos a hacerla, para los que la contemplaban alzándose despectivamente de hombros, para quienes desde el primer momento la consideraron como un espectáculo curioso y pintoresco. No era drôle la guerra para los millones de hombres arrancados de sus hogares y sus trabajos por la movilización, para los cientos de familias del norte y el este que habían tenido que abandonar sus casas y sus tierras y vivían refugiados en los departamentos del sur y el oeste donde eran tratados por los indígenas que se veían obligados a darles alojamiento como si se tratase de extranjeros indeseables. No era drôle la guerra para los obreros a quienes se había impuesto jornadas de trabajo de diez y doce horas (…). (…) la fe en la guerra había sido quebrantada por esta pequeña e insignificante frasecilla más eficaz para la propaganda derrotista que todas las consignas difundidas por los servicios del doctor Goebbels”.

“ (…) no parecía sino que ingleses y alemanes se peleaban por algo que a los franceses les tenía completamente sin cuidado (…). Y, como ocurría en el frente, las poblaciones civiles tomaban ojeriza a los ingleses, en quienes veían a los culpables de las bombas que les caían encima. Los alemanes, que conocían o adivinaban esta reacción, se encarnizaban con los puntos de concentración de las fuerzas británicas y por la radio denunciaban al pueblo de Francia la responsabilidad de su gobierno al mantener contingentes británicos en el centro de las ciudades populosas. (…) Era la guerra, toda la guerra, lo que irritaba a estas poblaciones francesas, pacifistas hasta el absurdo, pacifistas hasta el suicidio (…)”.

“- Nos hablan de derrota y victoria –me decía un comunista a mediados de septiembre-. ¿Pero es que nosotros no estamos ya derrotados? ¿Qué más nos da que nuestro comandante hable en francés o en alemán si ha de decir lo mismo?”

“Tenemos el prejuicio de que las grandes catástrofes de los pueblos sólo son posibles en medio de un apocalíptico desorden (…), no acertamos a ver que en nuestro tiempo, dentro de la cuadrícula estrecha de nuestra organización social y urbana, las cosas suceden de una manera mucho más sencilla, con una simplicidad y una facilidad aterradoras”.

http://www.librosdelasteroide.com/

domingo, 21 de febrero de 2010

Paredes


Habitación de hotel, Vitoria. Mientras trato de convertir este espacio cuadriculado en un lugar habitable, a base de organizar el ropero, redistribuir los pocos muebles, ahumar el techo y hacer sonar a Nyman y McAlmont suave pero insistentemente, a mis vecinos de detrás les da por echarse un polvo. Ella es de las que siempre quisieron ser soprano. Él es discreto pero avasallador. Sus empujones empiezan, supongo, en la propulsión que ejercen sus piernas y acaban exactamente en mi cogote. Lo curioso es que por mucho que uno quiera relativizar el ruido, comprender a la pareja y su debilidad por el morbo que inspiran siempre los hoteles (en especial los de las ciudades que tienen todo cerrado un domingo a las doce de la noche), su servidor de ustedes no puede evitar mirar hacia atrás como si las estocadas del esforzado másculo pudieran llegar hasta mi nuca ni tampoco excitarse un poco, la verdad sea dicha. El ritmo parece estar alcanzando su paroxismo. Al cabezal de su cama le han entrado unas ganas locas de acostarse con el cabezal de la mía. La chica está alcanzando tesituras inauditas. Se aproxima increíblemente al "Urlicht" de Mahler. Y yo mientras tanto releo este texto hermoso y terrible de "El Túnel" de Sabato (Capítulo XXXVI) que tanto me ha impresionado (basta saber que el narrador es un pintor enloquecidamente enamorado de una mujer llamada María, a la que conoció en una de sus exposiciones, cuando ella miraba absorta uno de sus cuadros, el más extraño y personal de todos ellos, el que nadie parecía entender, excepto ella y él):

"Fue una espera interminable. No sé cuánto tiempo pasó en los relojes, de ese tiempo anónimo y universal de los relojes, que es ajeno a nuestros sentimientos, a nuestros destinos, a la formación o al derrumbe de un amor, a la espera de una muerte. Pero de mi propio tiempo fue una cantidad inmensa y complicada, lleno de cosas y vueltas atrás, un río oscuro y tumultuoso a veces, y a veces extrañamente calmo y casi mar inmóvil y perpetuo donde María y yo estábamos frente a frente contemplándonos estáticamente, y otras veces volvía a ser río y nos arrastraba como en un sueño a tiempos de infancia y yo la veía correr desenfrenadamente en su caballo, con los cabellos al viento y los ojos alucinados, y yo me veía en mi pueblo del sur, en mi pieza de enfermo, con la cara pegada al vidrio de la ventana, mirando la nieve con ojos también alucinados. Y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos, sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado.

¡La hora del encuentro había llegado! Pero ¿realmente los pasadizos se habían unido y nuestras almas se habían comunicado? ¡Qué estúpida ilusión mía había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que las separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable... No, ni siquiera ese muro era siempre así: a veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía qué pasaba del otro lado, qué era de ella en esos intervalos anónimos, qué extraños sucesos acontecían; y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida. Y en uno de esos trozos transparentes del muro de piedra yo había visto a esta muchacha y había creído ingenuamente que venía por otro túnel paralelo al mío, cuando en realidad pertenecía al ancho mundo, al mundo sin límites de los que no viven en túneles; y quizá se había acercado por curiosidad a una de mis extrañas ventanas y había entrevisto el espectáculo de mi insalvable soledad, o le había intrigado el lenguaje mudo, la clave de mi cuadro. Y entonces, mientras yo avanzaba siempre por mi pasadizo, ella vivía fuera su vida normal, la vida agitada que llevan esas gentes que viven afuera, esa vida curiosa y absurda en que hay bailes y fiestas y alegría y frivolidad. Y a veces sucedía que cuando yo pasaba frente a una de mis ventanas ella estaba esperándome muda y ansiosa (¿por qué esperándome?, ¿y por qué muda y ansiosa?); pero a veces sucedía que ella no llegaba a tiempo o se olvidaba de este pobre ser encajonado, y entonces yo, con la cara apretada contra el muro de vidrio, la veía a lo lejos sonreír o bailar despreocupadamente o, lo que era peor, no la veía en absoluto y la imaginaba en lugares inaccesibles o torpes. Y entonces sentía que mi destino era infinitamente más solitario que lo que había imaginado".

El amor se les ha acabado. Tengo ganas de aplaudir.

viernes, 22 de enero de 2010

Orlando


"No es preciso que alces la voz así, Solana, yo no soy tu conciencia. No me importa lo que tú no hagas esta noche, ni lo que no haga ella. Cuando termine su cigarrillo o su copa se irá a dormir o a probarse otra vez el vestido de novia, y tú tendrás la ocasión de concederte otra noche de insomnio. No seré yo quien le discuta a nadie, y menos a tí, el derecho a labrarse su propio fracaso. Pero supongo que me entenderás si te digo que el amor me ha simplificado la vida. Lo único que me importa es pintar y tener a Santiago. Sé que se va a ir igual que vino, que muy probablemente me dejará cuando volvamos a Madrid y que voy a morirme cuando se vaya, pero ni siquiera eso me da miedo, Solana, el miedo es una trampa, como la vergüenza, y yo ahora estoy vivo y soy invulnerable".


Antonio Muñoz Molina, "Beatus Ille"

(pág. 229-230, ed. Seix Barral - Booklet, 2007)

(Cuadro: Antonio Úbeda)

martes, 5 de enero de 2010

Liliput


Atravieso dos veces la Gran Vía a la altura de Callao, con más de media hora de intervalo, y en ambas ocasiones está como vacía, que no muerta, apenas seis coches en sentidos opuestos, como extras insuficientes que delataran el limitado presupuesto. Pero todo está iluminado, con sus mejores galas, los musicales, las bocas de metro, los pies de calle y sus zapaterías, los kebab y los donuts, los pitufos asistiendo al tráfico, el tropel de piernas paseando sus compras, los pasos de cebra y las marquesinas. Aun y todo, cuando cruzo la Gran Vía hay como una ausencia, como si anduviera por un río seco, la carretera es un poco nuestra, de los peatones, caminas más despacio, contemplando los edificios, grabándolo en la memoria. Y es que es noche de reyes. Hay carrozas en lontananza: la de Melchor, la de Gaspar, la de Baltasar y la de la Familia. Las tres primeras tirarán caramelos, la cuarta no sé muy bien qué, hijos, brazos de gitano, bautismos. ¿Quién o qué irá subido a ella? Una familia modelo o un modelo de familia, una escena de su vida familiar, una obra de teatro costumbrista en constante actuación, como la del pobre comiendo en la mesa del oficinista en la cabalgata de "Plácido", un tableau vivant (toma ya, creía que nunca lo utilizaría) edificante, pedagógico, instructivo. Era cuestión de tiempo. Ha llegado un punto en que de nada sirve sacar a paseo las imágenes santas, porque el público no atiende, no busca en ellas la historia edificante, les ha dado la espalda y retoza o ensaya revoluciones o prueba nuevas drogas y viejas religiones menos gravosas. Lo que hay que hacer es sacar el paso de la familia perfecta, del espectador ideal, formar conciencia, decir "miren, así deben volver a ser ustedes", y luego ya, cuando el mensaje haya calado, retomar las tradiciones tal y como eran. Hoy los niños van a decir que la cuarta carroza es lógica, que cómo van a poder llevar si no todos los regalos, no van a entender la imagen, el significado. Y los que sí, sin duda por tener adecuados intérpretes cerca, tampoco le harán demasiado caso, retorcerán sus cuellecitos para seguir viendo desde lejos la espalda de Baltasar en la gimnasia de los saludos y el lanzamiento de caramelos. Qué de niños por todas partes, madre mía. Uno se queda perplejo ante el afán fornicador con fines (o resultados) reproductivos y agradece que haya preservativos e invertidos, de lo contrario uno no podría salir a la calle. No alcanzo en absoluto los límites kinderfóbicos de mi admirado W (Niños Gratis), porque en el trato directo y a ser posible individualizado no sólo encuentro placer, diversión y las dosis exactas (o sea, imprevisibles) de ternura, sino que además creo tener una habilidad especial para ganarme su favor, pero lo cierto es que en masa y con sus padres de la mano los encuentro simple y llanamente insoportables. Estoy ultimando mi escapada de Madrid para esta noche. Hay que buscarse una cueva a prueba de niños. Aunque aprueben la ley fascista del tabaco y finalmente no se pueda fumar en ningún establecimiento, deberían dejar que en algunos sitios concretos se pudiera e incluso se debiera, sobre todo para garantizarnos un lugar al que nunca irán los niños ni ciertos adultos.

A este respecto copio unas frases de "Los viajes de Gulliver" de Jonathan Swift (¡¡¡publicada en 1726!!!):

"Sus ideas acerca de los deberes de padres e hijos difieren en extremo de las nuestras. Pues, dado que la unión de macho y hembra se funda en la gran Ley de la Naturaleza, con objeto de propagar y continuar la especie, los liliputienses entienden forzosamente que hombres y mujeres se ayuntan como hacen otros animales, movidos por la concupiscencia; y que el cariño hacia su prole procede del mismo principio natural; razón por la cual jamás concederán que un niño esté obligado a su padre por haberlo engendrado, ni a su madre por haberlo traído al mundo; lo cual, teniendo en cuenta las miserias de la vida humana, no fue un beneficio en sí mismo, ni ésa fue la intención de sus padres, cuyos pensamientos durante sus encuentros amorosos estaban empleados en cosas bien distintas. Por estos y similares razonamientos, es su opinión que los padres son los últimos a quienes se debe confiar la educación de sus propios hijos (...)".

martes, 15 de diciembre de 2009

La perspectiva


Copio un poema insólito de Miguel Hernández por su interés ideológico. Se trata de la reflexión siguiente: ¿hasta qué punto podemos entender las cosas que ocurren a nuestro alrededor estando tan cerca, viviendo en ese momento? El poema no tiene desperdicio. Tampoco le faltan imágenes y combinaciones de palabras, ideas, maravillosas. Pero por lo general, resulta estremecedor la fe ciega en un país irreal, en un mundo utópico, enfrentado a la realidad. Hay, también, imágenes monstruosas (de una ñoñería y un convencionalismo que resultaría divertido si no fuera tan trágico acordarse de la verdad). Disfrutad y pensad después en si Hernández pudo darse cuenta antes de morir de lo equivocado que había estado.


RUSIA

En trenes poseídos de una pasión errante
por el carbón y el hierro que los provoca y mueve,
y en tensos aeroplanos de plumaje tajante
recorro la nación del trabajo y la nieve.

De la extensión de Rusia, de sus tiernas ventanas,
sale una voz profunda de máquinas y manos,
que indica entre mujeres: Aquí están tus hermanas,
y prorrumpe entre hombres: Estos son tus hermanos.

Basta mirar: se cubre de verdad la mirada.
Basta escuchar: retumba la sangre en las orejas.
De cada aliento sale la ardiente bocanada
de tantos corazones unidos por parejas.

Ah, compañero Stalin: de un pueblo de mendigos
has hecho un pueblo de hombres que sacuden la frente,
y la cárcel ahuyentan, y prodigan los trigos,
como a un esfuerzo inmenso le cabe: inmensamente.

De unos hombres que apenas a vivir se atrevían
con la boca amarrada y el sueño esclavizado:
de unos cuerpos que andaban, vacilaban, crujían,
una masa de férreo volumen has forjado.

Has forjado una especie de mineral sencillo,
que observa la conducta del metal más valioso,
perfecciona el motor, y señala el martillo,
la hélice, la salud, con un dedo orgulloso.

Polvo para los zares, los reales bandidos:
Rusia nevada de hambre, dolor y cautiverios.
Ayer sus hijos iban a la muerte vencidos,
hoy proclaman la vida y hunden los cementerios.

Ayer iban sus ríos derritiendo los hielos,
quemados por la sangre de los trabajadores.
Hoy descubren industrias, maquinarias, anhelos,
y cantan rodeados de fábricas y flores.

Y los ancianos lentos que llevan una huella
de zar sobre sus hombros, interrumpen el paso,
por desplumar alegres su alta barba de estrella
ante el joven fulgor que remoza su ocaso.

Las chozas se convierten en casas de granito.
El corazón se queda desnudo entre verdades.
Y como una visión real de lo inaudito,
brotan sobre la nada bandadas de ciudades.

La juventud de Rusia se esgrime y se agiganta
como un arma afilada por los rinocerontes.
La metalurgia suena dichosa de garganta,
y vibran los martillos de pie sobre los montes.

Con las inagotables vacas de oro yacente
que ordeñan los mineros de los montes Urales,
Rusia edifica un mundo feliz y transparente
para los hombres llenos de impulsos fraternales.

Hoy que contra mi patria clavan sus bayonetas
legiones malparidas por una torpe entraña,
los girasoles rusos, como ciegos planetas,
hacen girar su rostro de rayos hacia España.

Aquí está Rusia entera vestida de soldado,
protegiendo los niños que anhela la trilita
de Italia y de Alemania bajo el sueño sagrado,
y que del vientre mismo de la madre los quita.

Dormitorios de niños españoles: zarpazos
de inocencia que arrojan de Madrid, de Valencia,
a Mussolini, a Hitler, los dos mariconazos,
la vida que destruyen manchados de inocencia.

Frágiles dormitorios al sol de la luz clara,
sangrienta de repente y erizada de astillas.
¡Si tanto dormitorio deshecho se arrojara
sobre las dos cabezas y las cuatro mejillas!

Se arrojará, me advierte desde su tumba viva
Lenin, con pie de mármol y voz de bronce quieto,
mientras contempla inmóvil el agua constructiva
que fluye en forma humana detrás de su esqueleto.

Rusia y España, unidas como fuerzas hermanas,
fuerza serán que cierre las fauces de la guerra.
Y sólo se verá tractores y manzanas,
panes y juventud sobre la tierra.


De "El hombre acecha", 1939.


viernes, 11 de diciembre de 2009

Rolfe vs. Symons vs. Rolfe


Lo que siguen son extractos de "En busca del barón Corvo" de A. J. A. Symons, maravillosa biografía (y novela policíaca sobre cómo se escribió) editada por Libros del Asteroide. Es imposible resumir de lo que trata este libro o lo que uno va encontrando en él a medida que va leyendo. Pero diría que es el relato de cómo una persona va conociendo poco a poco a otra en profundidad. Poco importa que se traten de un biografiado y un biógrafo, puede extrapolarse a cualquier otra situación. Él tiene más problemas para penetrar en el otro porque no se conocieron y Rolfe ya está muerto cuando Symons emprende la investigación. Pero en el fondo es el mismo proceso que seguimos todos, escuchar las versiones oficiales, reunir las pruebas físicas, las testimoniales, forjarnos una idea general y después, ir descubriendo las oscuridades, las razones verdaderas que inspiran cada acto, completando así la figura, imprescindiblemente ambigua, cuando no directamente bipolar. En fín. En estos extractos se habla de amor, del concepto que Rolfe tenía del amor, como una más de sus opiniones contundentes; después, Symons trata de explicar esas palabras. No importa si suenan un poco viejas (lo veréis cuando lo leáis) porque creo que en el fondo son correctas, amables, llenas de una emoción verdadera, la que llega a sentir el biógrafo por el biografiado, casi como un Dios de segunda al que se le estuviera confiando la posibilidad de enderezar el pasado (Rolfe tuvo una vida dura llena de calamidades), aun a sabiendas de que eso no es posible. Espero que os guste tanto como a mí:


El biografiado:
Frederick Rolfe, "Barón Corvo", en carta a Temple Scott (hacia 1903):

"Cada dos por tres me quedo estupefacto ante esa cosa extraña que la gente llama amor. Sería estúpido negarlo, ya que cada dos por tres surge el ejemplo de un hombre o una mujer sensatos cuya vida se complica con la vida de otro o de otra de forma ciega y misteriosa. Llegan a soportar la presencia continua del otro. Oh, tiene que haber algo en ello.

Pero a mí se me antoja tan tremendamente divertido. El placer carnal lo aprecio en todo lo que vale, pero me gusta cambiar de vez en cuando. Hasta las perdices cansan después de muchos días. Sólo la ignorancia estúpida o la hipocresía ponen pegas a la concupiscencia carnal, pero veo que hay gente que llama sagrado a lo que es puramente natural y me quedo estupefacto. Supongo que todos nos engañamos. Sonarse la nariz (...) representa un alivio natural. Lo mismo el coito. A éste, sin embargo, lo llaman sagrado, mientras que lo otro pasa sin epítetos. ¿Por qué hay que darle más importancia a una cosa que a la otra? Me parece que no quiero saberlo.

(...) En cuanto a mí, me pudro en mis cadenas y la naturaleza se limita a mirar por la ventana de mi prisión y luego pasa de largo. Me envuelve una malla de gélida indiferencia, nadie llega a mis sentimientos. Me encuentro apartado, sólo." (pp. 182-183)

El biógrafo:
A. J. A. Symons, sobre F. Rolfe (1934):

"Más que cualquier otra cosa, lo que anhelaba era que sucediese algo dramático que le hiciera independiente" (pág. 184)

"El punto de partida de su carácter complejo estriba en que era sexualmente anormal, en que era uno de esos hombres infortunados en los cuales los impulsos de la pasión están desviados. Las causas de esa anomalía, a menudo tan desastrosa para quienes la padecen, siguen siendo objeto de debate entre los expertos. (...) Pero, aunque no prestemos atención a la causa, es esencial, si queremos comprender a Fr. Rolfe, que tengamos en cuenta que él no eligió ser así: que fue algo que se apoderó de él desde sus primeros años y que no podía hacer casi nada para cambiar.

La historia de la Grecia antigua y de la Italia del Renacimiento nos demuestra que los sentimientos homosexuales no impiden el desarrollo de la personalidad ni obstaculiza el éxito en la vida; pero Rolfe vivía en la Inglaterra victoriana y por fuerza debió darse cuenta, probablemente siendo aún muy joven, de que su tendencia era contraria al mundo en que vivía. Fue entonces cuando empezó el largo dilema de su vida.

Su temperamento le indujo instintivamente a seguir la carrera del magisterio. La proximidad le permitía satisfacer su interés por los jóvenes de sexo masculino, interés que (también probablemente) él no reconocía aún como una manifestación de sensibilidad sexual. Pues, si bien es posible que no reconociera conscientemente la naturaleza de sus sentimientos, no lo es que, por debajo de la superficie, su subconsciente no se percatase de ella. El consiguiente conflicto interno e invisible le dio, si no un conocimiento de su naturaleza, sí, por lo menos, una percepción de su rareza. Se daba cuenta de que no era como los demás hombres.

Resulta fácil comprender el atractivo que para alguien en estas circunstancias ejercería el sacerdocio católico. Rodeado de quienes habían elegido voluntariamente el celibato, su anormalidad no se convertía en un posible vicio, sino en señal de su vocación. De ahí que aspirase a la ordenación (...). Quizás, de haber recibido las órdenes, habría podido (fortalecido por este apoyo exterior) desechar todos sus sentimientos sexuales y contemplar el hecho de desecharlos como una consecuencia del privilegio recibido.

(...) A medida que se hacía mayor se volvía intolerablemente consciente de la falta de satisfacción emocional de su vida. Su burla del amor ante Temple Scott [extracto primero] y su afirmación de saciedad fueron, estoy convencido de ello, como el desdén de la zorra por las uvas que no podía alcanzar. (...) Buscó algo que sustituyera el afecto en la colaboración [asociación literaria con otro autor que Rolfe practicó a menudo] como forma de intimidad.

(...) Finalmente satisfizo su pasión. Seguía llevando la máscara, pero la represión desapareció. Se calentó las manos ante el fuego del amor que el dinero o los halagos pudieran proporcionarle" (pp.: 285-291)




Foto: Tito Biondi aen el Lago Nimi Fotografía de F. Rolfe (hacia 1890-92).

domingo, 21 de junio de 2009

Lo mejor de lo peor


Lo mejor de lo peor
es que lo peor de mi
es lo que sabe mejor
aunque lo quiera ocultar
siempre me vuelve a salir.
Lo más duro de entender
es por qué no soy capaz
de tirar de mí yo sola
cuando veo que no estás
y sale lo peor de mi.

Y las torres son tan altas
y tan grandes los gigantes
que me asusto y me estremezco
al verme yo tan pequeña
y tan fácil de pisar.
Me convierto en una sombra
que no la reclama nadie
es más por miedo que por frío
cuando veo que no estás
sale lo peor de mi.

Lo mejor de lo peor
es que lo peor de mi
es tan negro y tan absurdo
que me mata la vergüenza
el saber que sigue ahí.
Me grita como un poseso
para hacerse notar
pero sólo lo consigue
cuando sabe que no estás
y sale lo peor de mi

Y las torres son tan altas
y tan grandes los gigantes
que me asusto y me estremezco
al verme yo tan pequeña
y tan fácil de pisar.
Me convierto en una sombra
que no la reclama nadie
es más por miedo que por frío
cuando veo que no estás
sale lo peor de mi.

miércoles, 22 de abril de 2009

Vladimir Nabokov

(San Petersburgo, 23 de abril de 1899 – Montreux, 2 de julio de 1977)

Nació en el seno de una familia aristocrática y culta. Su padre, un político, abogado y periodista de ideología liberal, fue arrestado durante la Revolución de 1917 y tras su liberación, la familia se trasladó a Berlín. Se graduó en el Trinity College de Cambridge en 1923. Un año antes, su padre fue asesinado por un ruso monárquico. En 1925 se casó con Véra Evseevna Slonim, de familia judía. Durante 15 años, Nobokov vivió y trabajó en Berlín, publicando novelas en editoriales y revistas rusas de y para exiliados, bajo el pseudónimo de Vladimir Sirin. Mientras tanto, trabajó como profesor particular de francés y tenis, así como autor de problemas de ajedrez para diversas publicaciones. Cuando en 1937 el gobierno de Hitler liberó al asesino de su padre, Nabokov abandonó Alemania y se instaló en Paris. Allí comenzó a escribir novelas en inglés. Temeroso del trágico cariz que iba tomando la situación política europea y gracias al préstamo que le ofreció el compositor Rachmaninov, Nabokov pudo tres años más tarde trasladarse a los Estados Unidos, donde dio clases de literatura en varias universidades. También fue entonces cuando pudo desarrollar su segunda pasión: la entomología, y en concreto, el estudio de las mariposas. Su definitiva consagración llegó con la publicación de “Lolita”. El éxito internacional de esta novela le permitió abandonar la enseñanza y dedicarse por completo a escribir (y cazar mariposas). Comenzó por entonces a traducir al inglés (con la ayuda de su hijo Dmitri) la práctica totalidad de sus novelas rusas. Quiso con esto ser reconocido más como escritor norteamericano que como ruso. En muchos casos, la traducción se convirtió en una labor de reescritura, con lo cual se puede considerar que de la mayoría de sus novelas existen dos versiones, con 30 años de diferencia cada una. En 1959 los Nabokov se mudaron al Hotel Palace de Montreux, Suiza. Murió en Lausanne el 2 de julio de 1977.

No hay otro como Nabokov. A muchos lectores les exhaspera su escritura farragosa, efervescente, puramente imaginativa. A mí no puede gustarme más. Sería difícil recomendar unos pocos libros de los muchos absolutamente imprescindibles que ha escrito. Publico esto aquí, y lo acompaño de una lista má o menos completa de su obra, porque siempre que me engancho a un autor (alguna vez ya he explicado esta forma mía, más parecida a una obsesión o una simple rareza, de apasionarme con autores con los que me topo de manera casual, que me lleva a tratar de leer toda su obra en el menor tiempo posible, a comprar y palpar como fetiches nuevos libros antes de terminar el que estoy leyendo y a desarrollar, a veces, insuperables aversiones posteriores, como quien se empacha de algo y ya no puede volver a probarlo en su vida), siempre que me engancho a un escritor, decía, me obceco en conocer toda su obra, elaboro listas que son como un catálogo de deseos por realizar. Cuando busco en internet información sobre algunos autores, nunca encuentro una fuente del todo fiable, o lo suficientemente completa y esto me saca de quicio y me obliga a ir cotejando la información de un número desesperante de páginas web, hasta que pierdo el aplomo y decido que ya es suficiente. A veces, esta búsqueda de la lista de toda una obra me ha llevado por vericuetos insoportables de dudas y contradicciones. Recuerdo el caso de Balzac, por ejemplo, ccon quien me di por vencido al borde mismo de la locura.

Ignoro si esto que os subo ahora será o no del interés de alguien. Simplemente lo hago pensando en que exista otro loco (u otra loca) que, como yo, sienta la necesidad de ordenar un mundo confuso de datos e informaciones y quiera echar un vistazo general a la obra de uno de los escritores que más me han divertido, espeluznado y asombrado en toda mi vida.


Obra
Se citan tres novelas previas a la siempre considerada como primera, escritas entre 1916 y 1923, es decir, entre Rusia y Berlín/Cambridge. Son “Stikhi” (1916), “Grozd´” (1922) y “Gornyi Put´”.
- “Mashenka” (1926)
Escrita en ruso. Traducida al inglés por V. N y Michael Glenny como “Mary” en 1970.
- “Rey, Dama, Valet” (Korol’, Dama, Valet) (1928)
Escrita en ruso. Traducida al inglés por V. N y D. N. como “King, Queen, Knave” en 1967.
- “El ojo” (Soglyadatay) (1930)
Escrita en ruso. Traducida al inglés por V. N. y D. N. como “The Eye” en 1965.
- “La defensa Luzhin” (Zaschita Luzhina) (1930)
Escrita en ruso. Traducida al inglés por V. N. y Michael Scammell como “La defensa” (The Defense”) en 1964.
- “Regreso de Chorba” (1930) –colección de cuentos-
- “
Cámara oscura” (Kamera obskura) (1933)
Escrita en ruso. Traducida al inglés, primero como “Camera Obscura” por W. Roy y más tarde revisada por el propio V. N. y publicada como como “Risa en la oscuridad” (Laughter in the Dark).
- “Gloria” (Podvig) (1933)
Escrita en ruso. Traducida al inglés por V. N. y D. N. como “Glory” en 1971.
- “Desesperación” (o “El engaño) (Otchayanyie) (1936)
Escrita en ruso. Traducida al inglés por V. N. como “Despair” en 1966.
- “La dádiva” (Dar) (1938)
Escrita en ruso. Traducida al inglés por V. N. y Michael Scammell como “The Gift” en 1963.
- “Invitación a una decapitación” (o "Invitado a una decapitación") (Priglashenie Na Kazn') (1938)
Escrita en ruso. Traducida al inglés por V. N. y D. N. como “Invitation to a Beheading” en 1959.
- “La invención del Vals” (Izobretenie Val'sa) (1938) –teatro-
Escrita en ruso. Traducida al inglés por D. N. como “The Walz Invention” en 1966.
- “El hechicero” (Volshebnik) (1939)
Escrita en ruso (nunca publicada). Traducida al inglés por D. N. como “The Enchanter” en 1985.
- “La verdadera vida de Sebastian Knight” (The Real Life of Sebastián Knight) (1941)
Primera novela escrita en inglés.
- “Barra siniestra” (Bend Sinister) (1947)
- “
Las otras orillas” (1954) –autobiografía-
- “
La primavera en Fialta” (Vesna v Fial’te) (1956) –colección de cuentos-
- “
Lolita” (1955)
- “
Pnin” (1957)
- “
Pálido fuego” (Pale Fire) (1962)
- “
Habla, memoria” (Speak Memory: An Autobiography Revisited) (1967)
Versión extendida de las memorias ya aparecidas en 1951 bajo el título de “Prueba poco convincente” (Conclusive Evidence).
- “Ada o el ardor” (Ada or Ardor: A Family Chronicle) (1969)
- “
Objetos transparentes” (Transparent Things) (1972)
- “
Una belleza rusa y otras historias” (A Russian Beauty and other stories) (1973) –colección de cuentos-
Traducida por V.N., D. N. y Simon Karlinsky.
- “¡Mira los arlequines!” (Look at the Harlequins!) (1973)
- “
Opiniones contundentes” (Strong opinions) (1973) –ensayo-
- “
El original de Laura" (The Original of Laura) (1975-1977)
Novela inacabada que Nabokov pidió que fuera destruída pero que finalmente será publicada en 2009.

Sobre Nabokov
"Mi tragedia privada que no puede ni debe interesar a nadie, es que tuve que abandonar mi idioma natural, mi libre, extensa, infinitamente dócil lengua rusa por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos aparatos -el espejo falaz, el telón de terciopelo negro, las asociaciones y tradiciones implícitas- que el ilusionista nativo, mientras agita los faldones de su frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia que ha recibido. Mi paso de la prosa rusa a la inglesa fue sumamente doloroso… como volver a utilizar las manos después de perder siete u ocho dedos en una explosión." /
Vladimir Nabokov

"Nabokov había renunciado a una clase de ruso sumamente especial y compleja, exclusivamente suya, que a lo largo de los años había perfeccionado hasta ser algo único y peculiar de él, un auténtico artefacto de belleza, para adoptar una suerte de inglés que entonces procedió a esgrimir y a doblegar a su antojo y voluntad hasta que también esa lengua paso a ser, bajo su pluma, algo que jamás había sido antes por su cadencia, su melodía, su flexibilidad." /
Vèra Nabokov

miércoles, 15 de abril de 2009

Anari


Anari es una mujer dura y que sin embargo juega con su fragilidad. Sergi alguna vez la ha comparado con una "loba herida". Yo trato de imaginarme qué clase de Rómulos y Remos puede haber amamantado. Anari es más rockera, más de cuero y rasga que Saioa. Sus ojos desprenden una avidez erótica, una ternura afelpada, un ansia de conocimiento a través de la caricia, no del desgarro. Sus letras, absolutamente impresionantes, demuestran que Anari vuela con aire de poeta, pero su vuelo no es airoso, espectacular, sino a ras de suelo, cuando no subterráneo. Muchas de sus canciones duelen. Y cuando, en directo, fusiona el tema "Gu" (que cierra magistralmente su disco "Zebra", mezclando trozos de las letras de todas las canciones en una especie de suite de despedida) con el "Aintzinako Bihotz" de Mikel Laboa, los pelos se nos ponen como escarpias.

Anari, además, tiene un pelazo que ella mueve y remueve como los hilos de un mundo en blanco y negro, dolor y vida, hambre y cebolla. Anari ríe y ensancha el aire, sabe y no se deja engatusar, viene de vuelta de tantas cosas.

Transcribo una de las canciones que más me gustan de Anari. Se llama "Aingura Hegodunak", es decir, "Anclas aladas". Podéis escucharla aquí:
http://www.myspace.com/anarizebra

Erori banaiz ere,
gorantz erori naiz
nola urazalaratzen
arrainak hiltzean.
Oroimena da orain
urperatzen nauen beruna.
Ametsa, berriz,
gorantz naraman zama astuna,
aingura hegoduna.

Erortzeko beldurrez garelako
eusten diogu elkarri.
Oinez ikasi orduko,
hegan egiten ahantzi.
Ta zu zara orain
urperatzen nauen beruna.
Beste dena, berriz,
gorantz naraman zama astuna,
aingura hegoduna.

Baina erortzen bagara ere,
amets berriei helduz
gorantz erortzen gara.
Arrain hilak bagina,
hondoratu ordez
urazalaratzen gara.
Gorantz jaitsiko gaituen
aingura hegodun horri eusten
eusten gara.

Aunque me haya caído,
me he caído hacia arriba.
Como los peces que afloran a la superficie al morir.
Los recuerdos se han vuelto plomo,
plomo que me ancla al fondo de mí misma.
Los sueños, pesada carga que me eleva,
Un ancla alada.

Nos abrazamos porque tenemos
miedo a caernos.
Al aprender a caminar,
nos olvidamos de volar.
Te has convertido en plomo que me hunde
mientras todo lo demás
es el peso que me eleva.
Como un ancla alada.

Aunque caigamos,
cogidos a los nuevos sueños,
caemos hacia arriba.
Como si fuéramos peces muertos
que en vez de sumergirse
afloran a la superficie.
Agarrados a ese ancla alada
que nos hundirá hacia arriba.




lunes, 9 de marzo de 2009

Saioa


Lo primero que tiene Saioa es honestidad. Le bastan sus manos y su garganta para apoderarse del escenario, silenciar murmullos y someternos al metrónomo de sus latidos. No hay efectismo, no hay pose, sólo su música, directa, híbrida, jugosa de matices como el sedimento de un río viejo de aguas todavía cristalinas. Sus canciones son rotundas, definidas, se dibujan finas y delicadas como una inadvertida tela de araña a la que una luz cenital le sacara brillos de diamante. Y en parte son telas de araña hechas de hielo, frágiles al tacto, catedralicias a la distancia. Sus canciones son un lago congelado por el que Saioa se desliza patinando, hiriendo la superficie de espejo con la sutileza brutal de dos cuchillas de acero, sus palabras, nunca edulcoradas ni afectadas, trapecistas en el abismo del folk autocomplaciente. Hablan de instantes de congelación, de hendiduras de cuchillo que en algún momento detuvieron la sangre de Saioa y helaron sus pulmones dejándolos como árboles de navidad de una serena tuberculosis. Uno imagina a Saioa escribiendo sus letras a bocados, lenta, laboriosamente, como quien modela una selva de estalactitas, témpanos de verbo que estallan en un incendio interno y pintan de rojo las estancias. Porque su música, como el hielo, abrasa, quema. Su forma de jugar con las palabras, su búsqueda de una poética incisa, sus juegos melódicos, el intercambio de registros en su voz, todo en Saioa respira naturalidad, es amoroso y letal como una chimenea, tan sin trampa como el hilo que conecta la muela enferma con el pomo de la puerta. A tirones secos, tensando y destensando esa flor de arrugas que es el puño de un niño, su voz y sus manos flotan, calan, vertebran una historia, una mirada horizontal que tiene mucho de ella misma y casi más de todos, rozando esa melodía eterna que no cesa ni puede cesar. Uno escucha a Saioa y enciende el supercinexín que lleva dentro, las imágenes nacen y mueren al compás de ese tempo de baile, de ese ir y venir de las estrofas, esa seducción de las corcheas y los adjetivos. Allá va Saioa, con sus largas piernas y su cerviz humillada, como un majestuoso flamenco con jersey de lana, flotando sobre un lodazal que cruje y se resquebraja a su paso lento e imperceptible.


Trapezioan
(En el trapecio)

Ez esan, ez, maite zaitut
Ez jolastu hitzekin arren.
Ezpain hoietan hiltzen zaizkizu
Ez dira deus, ez dira deus.
Tren geltokian nahi zaitut
Nik eskatu gabe, tunelari so.
Desiraren beldur, bihotza eskuan,
Hiztegirik gabe, hiztegirik gabe.
Giltzapean duzu arima sutsua
Hitzen armaduratik askatu behar duzu.

(No me digas, no, “te quiero”
No juegues con las palabras, por favor
Se te mueren en esos labios
No son nada, no son nada.
Quiero que estés en la estación del tren,
Sin que yo te lo pida, frenando al túnel
Con miedo al deseo y el corazón en la mano,
Sin diccionarios, sin diccionarios.
Tu alma fogosa está encerrada bajo llave
Debes liberarla de la armadura de las palabras.)

Ahaztu azukredun hitzak
Nahiago dut begitan duzun gazigozoa
Misterioak zuganatzen nau
Eraman nazazu ezbaiko sokara
Trapezioaren beldur nahiz, beldur nahiz,
Baino igo nahi dut, igo nahi dut.
Badakit eror naitekela
Baina berdin dio, berdin dio.
Hegohaize lurrikarak,
Loreak eta arantzak
Egiatasun osoz erakutsi iezaizkidazu.

(Olvida las palabras azucaradas,
Prefiero el agridulce de tus ojos,
El misterio me lleva a ti,
Llévame a la cuerda de la duda.
Tengo miedo del trapecio, tengo miedo,
Pero quiero subir, quiero subir.
Sé que me puedo caer
Pero me da igual, me da igual.
Enséñame de verdad
Los terremotos de viento sur,
Las flores y las espinas.)


Saioa cantando "Trapezioan" en el concierto del Fotomatón (07/03/2009). Sentados en el suelo, my bruda and Peibol:


Saioa cantando su "Matrioska Heart":



http://es.myspace.com/saioasounds