domingo, 3 de junio de 2012
Sectarismos
1. El sectarismo no es rasgo exclusivo de una ideología en particular, pero sorprende que para muchos pueda pasar por progresista tanto esa actitud como el sujeto que la mantiene. Para el sectario las cosas no pueden ser buenas si aprovechan a los que reputa malos. A la inversa, hay que consentir el mal porque su denuncia o su combate, aun cuando ciertamente pueden limitar o paliar el daño, también podría favorecer directa o indirectamente al partido contrario. Y eso no. El sectario ha de preferir el daño de su enemigo particular al bien del conjunto, aun cuando esa opción apenas le favorezca a él mismo y hasta le perjudique. Aquí el tópico es tajante: Al enemigo, ni agua.
Esa vocación de secuaces adopta en la vida pública múltiples facetas. Por de pronto, ofrece el más accesible sucedáneo de la reflexión. En su lugar basta con repetir en cada caso lo dictado por la autoridad en quien delegamos nuestro propio pensamiento, aún más fácil, basta con proclamar lo contrario de lo que sostiene el contrario. Funciona como santo y seña de pertenencia al grupo de los elegidos, como guiño de complicidad con los del propio bando. La consigna sería "todo por la secta y para la secta". Sin ella, el sectario apenas se atrevería a expresar nada en público: la propia secta, sus sumos sacerdotes y pregoneros son los eficaces proveedores de sus respuestas automáticas. El sectarismo suministra también un útil mecanismo clasificatorio de la identidad política de las gentes. Si un compañero lee ese periódico o de vez en cuando escucha aquella emisora, no hacen falta más costosas averiguaciones para saber de qué pie político cojea. Sabido lo cual, por cierto, ya no hay mucho más que políticamente interese saber de él.
2. Pero el sectarismo es sobre todo una fórmula segura en política para la construcción del enemigo y su cotidiano vapuleo. El sectario decide de antemano que con el enemigo no hay que estar ni siquiera en aquello en lo que no es enemigo. El enemigo tiene que serlo en todo y del todo. Es preciso que él y los suyos encarnen cuanto haya de maligno y equivocado porque así, por contraste, resplandecerá la bondad o verdad indiscutibles de los míos. También vale al revés: sio se supone que estoy en lo cierto y junto a las personas decentes, habrá que dar por supuesto y sin mayor acopio de pruebas que los demás chapotean en el error y son gente de poco fiar. Cuando la pasión sectaria se desata, exige el todo o nada, el conmigo o contra mí en bloque y para siempre. La verdad será la verdad, la diga Agamenón o su porquero; pero como la exprese el candidato rival, no pasará de ser una burda falacia. Tal vez el sectario se muestre dispuesto con el tiempo a reconocer alguna deficiencia propia, pero no lo hará antes de que el enemigo haga confesión general y detallada de todas las suyas. Desde el cerco de prejuicios en que se atrinchera, el sectario tiene bien claro respecto de su oponente que con ése, ni a heredar.
Este partidismo exhibe en toda su crudeza la torpe dialéctica amigo/enemigo como eje capital de la política. En realidad, lo que tal conducta manifiesta es que se es más enemigo de los enemigos declarados que amigo de los demás, porque se prefiere herir a aquéllos al precio de dañar o defraudar incluso en mayor medida a todos los otros. Qué nos parezca verdadero o falso, justo o injusto, eso ni se plantea. El discurso público solo será adecuado si favorece los intereses del propio partido o de los amigos y daña los del adversario; será absurdo amén de reprobable en el caso contrario. Una por una, lo que importa es ser de los nuestros. Y no tiene el menor crédito la excusa de que sólo desbancando al enemigo podrá beneficiarse a la causa por la que se combate. Cabe barruntar que, una vez en el poder político, todo quede subordinado o pospuesto a la conservación de ese poder, de igual manera que hasta entonces todo quedaba supeditado a conquistarlo.
Naturalmente, al disidente se le trata de acallar con el argumento de sus "malas compañías", esto es, con el reproche de que objetivamente coincide con posiciones ideológicas del adversario. Y así, igual que el hincha sólo ve enfrente a otros hinchas de distintos colores, nuestro sectario tiende a ver en quien le objeta a otro sectario. En realidad, lo necesita como pretexto y justificación de su propio partidismo. A ojos del sectario, en el partido contrario sólo puede haber otros partidarios no menos sectarios, aunque quizá más camuflados. Lo peor es que a veces acierta, pero con el acierto de la profecía autocumplida. Tanto ha empujado al otro contra las cuerdas, que ese otro no tiene más remedio que hacer suya la extremada posición que se le adjudica y confirmar así su condena anticipada. Un sectarismo a la ofensiva engendra un sectarismo a la defensiva.
3. Por arrogante que componga su rostro, cualquiera puede advertir la debilidad del sectario. Primero, la debilidad teórica de sus propios pronunciamientos, según revela su negativa a argumentarlos o a reforzar sus puntos flacos. En el mejor de los casos, busca aparentar tener razón, no busca tenerla. Semejante impotencia crece en quien trajina con una sola idea porque no puede rumiar más de una al mismo tiempo. Pero se advertirá asimismo su enorme debilidad política en ese gesto reacio a compartir con el contrario hasta lo poco que a veces comparten, no sea que les confundan, y dispuesto a exagerar hasta la caricatura aquello en lo que discrepan. La simplificación de su pensamiento prueba la propia simpleza tanto o más que su malicia. Cualquier suceso, proyecto o ideario político han de explicarse enseguida por el provecho de un único beneficiario, una turbia maquinación, un móvil oscuro. Todo tiene que entenderse fácilmente: los buenos de un lado y los malos del otro.
Es la huida de la complejidad, o sea, de la realidad. Al sectario le cuesta entender que, en asuntos tocantes a la acción humana, lo bueno suele venir a una con lo malo y lo malo a la par de lo bueno. Y que hay que aguantar la tensión de mantener los dos polos al mismo tiempo, por cómodo que nos resultes suprimir uno de los extremos para así recrearnos en una ficción complaciente. Tampoco el voto permite matizar que en este punto particular me voy con tal partido, si bien en ese otro me sentiría más a gusto con el contrario; que confío en este representante aunque bastante menos en aquél del mismo partido. Ni nos deja mostrar la reserva de que nuestro acuerdo llega hasta aquí y en tanto grado, pero no más allá. Como votantes se nos pide un ejercicio de abstracción y reducción, es cierto, pero de ninguna manera se nos pide lo mismo como ciudadanos. La ciudadanía no se aviene con la disciplina de voto ni mucho menos con ese otro voto de pobreza intelectual que exige el partidismo.
Pero se puede ser de derechas o de izquierdas sin ser por ello sectario. Infectarse de sectarismo, en cambio, es ya empezar a perder la verdad o la virtud que hasta entonces se creía atesorar. Por eso un sectario de izquierdas es tan peligroso como otro de derechas. ¿Por qué el militante de izquierdas no ha de censurar jamás algún mal paso de la izquierda? Porque ello favorecería a la derecha. Eso vale aproximadamente lo mismo que la propuesta de dejar en paz al régimen talibán, porque mira tú que el arrogante imperialismo yanqui también se las trae. Seríamos unos necios si no previéramos los efectos públicos de nuestras razones; pero nos convertimos en seres repugnantes como adoptemos nuestras razones o nos deshagamos de ellas tan sólo en función de su provecho para mí y de perjuicio para mi adversario. Estamos, en suma, ante el uso perverso del cui prodest y el resultado es una conspiración de silencio, que Camus ya denunció: "Pues usted acepta silenciar un terror para combatir mejor otro terror. Y algunos de nosotros no queremos silenciar nada".
lunes, 21 de mayo de 2012
La guerra constante: "Los pájaros" de Hitchcock
Veo "Los pájaros" en cine por primera vez en la vida. Es una película sorprendente, de una radicalidad irrepetible. Me provoca una explosión de pensamientos en múltiples direcciones. Se podrían hacer estudios sobre muchas cosas utilizándola como ejemplo. Por de pronto es perfecta para entender la ocasional grandeza del sistema de estudios, ese mecanismo mastodóntico que permitió a los buenos ser mejores y a los mejores extraordinarios. Una película seca, brutal, con escasísimas concesiones a los estándares de la narración cinematográfica. Pero sobre todo es una película sobre la ética y la moral, sobre los actos humanos y sus consecuencias, o mejor dicho, sobre cómo las personas se hacen responsables o no de sus actos por sus consecuencias. Al salir del cine me embarga la sensación de haber presenciado una lección magistral, que es cuando ves las cosas sólo como te las han mostrado, cerradas, perfectas, sin posibilidad de réplica. Necesito escribir las cosas que pasan por mi cabeza, por inconexas que sean.
Bahía Bodega es un pueblo pesquero donde todo el mundo conoce a todo el mundo, de aspecto amable y pacífico, pero que oculta, como toda comunidad pequeña, la ponzoña de la asfixia, esas telarañas cruzadas en las que han quedado atrapadas innumerables voluntades de independencia. Todo el mundo conoce a todo el mundo, pero cuando Melanie Daniels (Tippi Hedren) pregunta en la estafeta de correos por el nombre de la hermana pequeña de Mitch Brenner (Rod Taylor), los hombres del pueblo no lo saben, dudan, se equivocan. O mienten o realmente no les importa. Y es que en Bahía Bodega lo de menos es la individualidad de cada uno, tanto su nombre como cualquier otro rasgo de su personalidad. Lo importante son las categorías, "es la pequeña de los Brenner". No es el reino hipócrita de las apariencias (eso es exclusividad de las sociedades urbanas, posindustriales), sino más bien todo lo contrario, es el reino nivelador de las funciones esenciales: el cartero, el pescador, el vendedor de pienso, la madre, el primogénito.
Melanie Daniels, hija de papá, heredera, ociosa, bella y etérea, no tiene profesión ni función, que es como decir que no tiene existencia ni peso, que no vale para nada, se topa con Mitch en la tienda de animales de la capital, el escenario natural de sus habituales juegos de suplantación de personalidad (solo quien no es nadie ni es nada puede jugar a ser cualquiera). Al principio Mitch le permite creer que ella le engaña haciéndose pasar por dependienta de la tienda, pero no es así, Micth sabe perfectamente quién es y la deja en ridículo. Es la primera bofetada que recibe Melanie, el primero de una serie de ataques destinados a castigar su liviandad. Mitch quiere regalar a su hermana unos pájaros (love birds) y Melanie los confunde con canarios porque todo se lo toma a la ligera: para ella son sólo "pájaros". Pero con el "amor" no se juega.
De esto sabe mucho Annie Hayworth (Suzanne Pleshette), la maestra, hoy una mujer triste, resignada, pero que antes fue pura pasión, un corazón enamorado que lo dejó todo por un hombre: Mitch. Su relación naufragó por el enfrentamiento con la madre de Mitch, Lydia (Jessica Tandy), pero Annie no huyó, se quedó en Bahía Bodega por estar cerca de él, razón que nadie podría entender. Es su profesión lo que le concede carta de ciudadanía en Bahía Bodega, la explica por su finalidad: dar las lecciones que dicten los libros sin demasiada implicación, colaborando en la estandarización de las nuevas generaciones. Lo único que delata su pasado, símbolo de una sangre hoy apelmazada, es un buzón rojo, a donde llegan tarde y mal las cartas que casi nadie escribe.
A este mundo es donde llega Melanie con su ruidoso coche descapotable y sus dos insolentes pajaritos. Al principio el pueblo se muestra dócil y servil: sus habitantes en nada se diferencian de un ejército de mayordomos que cumplen con todos sus deseos por extravagantes que sean. El mundo es para Melanie ese escenario de teatro donde uno hace lo que le da la gana porque todo está donde y cuando se necesita, sin que importe averiguar quién lo hace posible y a qué precio. Para llegar a la casa de los Brenner hay un camino que bordea la costa pero Melanie quiere un efecto sorpresa (actuar sin ser vista, o sea, espectáculo no comprometedor), por tanto alquila un bote y cruza las aguas, ataja, se salta las convenciones que hubieran seguido de haber empleado el coche (la carretera da a la puerta principal, pero el embarcadero da a la puerta trasera). Ella hace lo que le da la gana, lo que favorezca a la liviandad del juego, esquivando las consecuencias. Pero éstas no pueden ser esquivadas sin arriesgarse a pagar un altísimo precio: de eso trata la película. No puedes pretender llegar a la vida de nadie por la puerta de atrás: en esa casa hay sufrimiento, hay leyes, hay injusticias, hay amor, toda una serie de ingredientes que crean un potaje denso, difícil. Si quieres entrar, entra, pero no puedes pretender que el mundo baile siempre al son de tus apetencias. Y menos aún un mundo reglado, autosuficiente, ético, despótico (pero nunca caprichoso) como Bahía Bodega.
Ese mundo reacciona contra Melanie ("dicen que todo esto empezó cuando llegó usted; es usted malvada", le espeta ¿quién?, una madre, claro, una madre que siempre aparece en plano con sus dos hijos, no se sabe si en la actitud de defenderlos o usándolos como coraza para defenderse ella misma). Bahía Bodega no quiere tanto la solución de la guerra de los pájaros como la búsqueda de un culpable. El "fin del mundo", como repite una y otra vez un borracho (símbolo tradicional del lúcido que ha tirado la toalla, que ya no pelea, que se ha resignado), tiene que tener un claro responsable. Y ese responsable tiene que venir de fuera. El mundo, para los habitantes de Bahía Bodega, es perfecto. Si las gallinas dejan de comer la única explicación es que el pienso está en mal estado. No hay tiempo ni ocasión para la reflexión, la autocrítica. La culpable es Melanie por fuerza, necesariamente, porque ella provoca una grieta en el caparazón cerrado, pluscuamperfecto, de la entidad autosuficiente. Ella es, sencillamente, inexplicable por in-incorporable. Melanie representa a la mujer libre, pecaminosa, epicúrea, sexual. La mujer adulta, en Bahía Bodega, o es esposa o es madre. Hay otro modelo de mujer: la vieja sabelotodo que pide cambio para cigarrillos en el restaurante y despliega sus conocimientos en ornitología y sus aptitudes para la intransigencia: no puede creer lo que cuenta Melanie, el ataque de los cuervos es imposible, niega las evidencias hasta que éstas explotan ante todos. Nunca volveremos a ver su rostro, se esconde, da la espalda, no se atreve a volver a mirar a la cara a Melanie. Me gusta esta vieja, me la imagino soltera, asexuada, o mejor dicho, que ha sustituido su sexualidad (y por tanto el dilema sobre qué opción tomar) por una cortina de humo hecha con la respetabilidad de la cultura, una impostura como otra cualquiera.
[Inciso 1: además de la vieja, sólo dos mujeres fuman en la película: Melanie y Annie, pero Annie fuma en casa, de puertas para adentro, o cuando la llegada de Melanie le concede la excusa necesaria, "me apetecía fumar pero no quería interrumpir el trabajo"].
[Inciso 2: el sexo, breve digresión. Tras la primera noche que pasa Melanie en casa de los Brenner, Lydia se marcha y nosotros con ella, pero cuando regresamos a la casa, Mitch y Melanie ya se besan en la boca; no ha hecho falta explicitar nada, es evidente que el sexo ha tenido lugar en cuanto la madre ha abandonado la casa].
El final es complejo, diferente para cada personaje. Mitch vence porque supera su cobardía. Vence a "los pájaros" venciendo a su madre: le dice "tú eres mi madre, no mi mujer" (no lo dice, pero como si lo dijera), no volverá a ceder como cedió con Annie Hayworth; la necesita como madre y él le concederá su condición de hijo, no de sustituto de su esposo muerto. Melanie, sin embargo, pierde, al menos momentáneamente. Como personaje perdido, inmoral, recibe el castigo de su vida. Está por ver si aprende la lección. Quizá Mitch consiga curar sus heridas, hacerle recordar que es alguien, que puede ser alguien, que debe ser alguien. Frente a los que puedan pensar que esta es una idea machista diré que sí, puede ser, pero a nadie debería sorprender esto en Hitchcock, un puritano al fin y al cabo. Para Melanie la película se cierra como una lápida que decapita su "cabeza loca", cortando sus alas de pájaro volador de flor en flor y marcando así su transformación forzosa de colibrí polinizador a útero inmóvil: serás madre de mis hijos, pero serás. Lydia aprende a conocer su lugar. En el fondo era otro personaje perdido, un náufrago que no sabía lidiar con sus sentimientos en conflicto (es inolvidable su constante dubitación, sus diálogos desorientados, sus acciones mecánicas, representaciones de la lucha entre su individualidad y la consciencia de su función). En Melanie encuentra a la nuera que necesitaba para conocer (para recordar) de qué manera, hasta dónde, ser madre. Por si había alguna duda, quede claro que no es un final feliz, es el final necesario para un posible volver a empezar. Annie Hayworth muere. Mitch deja atrás cadáveres que poblarán sus pesadillas señalándole con el dedo lo que hizo o dejó de hacer. Nadie está libre de culpa, como reza el catolicismo. El coche arranca y se aleja (por el camino, como Dios manda). Pero lo hace con tiento, a sabiendas de que el terreno está plagado de pájaros, peligros que muerden a la mínima.
Un último apunte: en la proyección de anoche había un grupo de jovencitos modernos estupendos que irradiaban estupendez, como si dijeran "qué geniales somos que venimos a ver una película antigua". Por supuesto, emitieron todo tipo de ruiditos, exhalaciones y risitas cuando los efectos especiales no satisfacían sus estándares. Qué se le va a hacer, les han enseñado a mirar el mundo desde una altura egocéntrica. Pero lo que más me hirió fue cuando rieron a carcajadas al ver a Melanie aniquilada, hundida, tras el último ataque en el desván de la casa (Mitch la salva y una vez en el salón, Lydia y él curan sus heridas). Rieron, sobre todo, ellas. Quizá exagere pero pensé que en esa risa habitaba la arrogancia de quien se cree más libre, más capaz de autonomía, de iniciativa, de cojones. Es cierto que "Los pájaros" ofrece una imagen machista de la mujer, pero no lo es menos que de forma más importante, más esencial, habla sobre la libertad del individuo frente a los sistemas éticos y sociales que lo delimitan, le imponen unas normas o le exigen una reflexión de cara a la definición de su propio lugar en esa sociedad. "Los pájaros" habla de una guerra constante, esencial, que esas niñas-bien donostiarras ni siquiera intuyen que exista.
domingo, 5 de febrero de 2012
Con ustedes, Maruja Torres
lunes, 11 de julio de 2011
Edades
Dan las doce en relojes de mesilla y de cocina, en relojes fosforescentes, de cuerda, de muñeca, en relojes como soles de mediodía, mientras el S-Bahn, amputado por obras en el sentido contrario a las agujas, me lleva bordeando la ciudad hasta mi casa. El tren (un pasillo lleno de relojes, una bala atravesando las ondas de un gong continuo) me obliga a ir con el sentido del tiempo, hacia ese mañana que ya es hoy, yo, que quisiera deshacerlo para llegar antes, o llegar a ese antes que ya conozco y que siempre quisiera rehacer. Mi andar es el de los relojes que suenan en los salones, en las iglesias, en las oficinas de los bancos, en las neveras inteligentes, porque no me han dejado acortar tiempo a través, tan solo cuatro paradas, y no he tenido más remedio que entrar aquí como quien se tira al río y esperar que la corriente circular me arrastre hasta la otra punta. Dan las doce del 3 julio, las 0 del 4. Unos turcos me arrullan con sus sonoros abracadabras y al otro lado de los cristales hay una mujer borrosa cuyo rostro se repite sobre el respaldo del asiento, pero mucho más cansado y envejecido. Estoy cumpliendo 32 años en movimiento, desplazándome en una cinta sin fín, un metro de sastre que va tomando las medidas al estómago, los brazos, el pecho, y en centímetros y con mala letra voy apuntando los resultados en esta libreta, sangrando de vez en cuando el mapa con alfileres de tinta en cruz.
Por la noche Berlín no es ni más ruidosa ni más silenciosa que por el día. Puede que el tráfico sea distinto pero yo no me fijo en esas cosas. Me refiero a ese ceño de concentración que frunce la línea de los edificios, las copas de los árboles. La noche es sólo una falta de luz, un corte en la corriente que no afecta a los cocineros, los amantes, los fontaneros que ahora mismo cocinan, aman o destuercen entuertos. Es una quietud de indiferencia, esa indiferencia de casas de muro grueso, de cristales opacos a la oscuridad nunca completa que espera en el alfeizar, como un cuervo matutino. ¡La de mirlos y cuervos que hay en esta ciudad! Ambos son siempre el punto más negro que se mueve en las espesuras, de ladrillo y de hoja verde, y no hay mañana que no sorprenda a alguno apoyado en la barandilla, rompiendo a volar con el estrépito de unas hojas de cuaderno -ese vuelo torpe e incómodo de quien no quisiera tener que volar-. Su crujir rasga el silencio de la mañana, idéntica al de esta noche, y es que aquí el reloj (de bisabuelo, de estación, de juguete, de tobillo) da la vuelta completa sin haber encontrado un comienzo, un nuevo capítulo por donde volver a empezar. La cinta del tiempo, con su cielo confuso y su resplandor testarudo, se enrolla y desenrolla sin parar, como yo cruzando esta línea circular mientras el traqueteo me adormece y ciertas chimeneas, súbitas réplicas de otras, vistas mucho más al oeste, en una ciudad con otros idiomas, me demuestran que sí, que envejezco. Los roedores y los taxis y las señoras y los geranios no tienen noche, duermen sólo cuando han terminado de hacer lo que tenían que hacer, descansan un poco para poder continuar por donde lo habían dejado, y a veces, sólo a veces, ese descanso coincide con que en algún lugar sin diferencia horaria es de noche y la gente duerme o se retira para volver a empezar. Si hubiera venido a empezar algo me habría equivocado, aquí es el correr constante, la eterna marcha adelante, el rodar y probar en círculo mientras los cielos apuran un ensayo de luces, torpe, aprendiz, silenciosísimo.
De pronto, una idea. Si paro en esta estación (un escudo de luz defendiéndose del lametazo de dos inofensivas carreteras) puedo cambiar de tren, coger un U-Bahn y cortar la ciudad en una línea recta y azul oscura, ahorrando quién sabe si media hora. Sería como auparme del seis al doce, manilla arriba, o del siete al uno, para ser más exactos. Sería engañar o tomar prestada una trampa. Hasta puede que detenga por un momento el descorazonador crecer de canas en mi barbilla. Salto del tren cuando ya han empezado a sonar las alarmas de las puertas. Dejo dentro a los tres turcos y a las dos mujeres, que se reconcilien y que circulen círculo arriba, les deseo lo mejor de la subida y lo menos malo de la bajada. Corro, transbordo. Estoy dentro de otro tren, más cascado, renqueante y magullado, lleno de gente con cara de saberse la jugada. No hay tanta leche ni tanto grumo en la luz gritona de los neones, una vieja se fusiona con el cuero jaspeado y multicolor del tapizado, dos rubios beben pero no se conocen.
La noche es fresca, sopla un viento relleno, algodonado, que se nutre de los parques y arrastra servilletas. Mi garganta es un reloj de arena, tiro ese último cigarrillo que no sirve de nada. Cuando estoy llegando a casa pasa un tren, el tren circular, a mis espaldas. Me he quitado 30 minutos de encima.
martes, 28 de junio de 2011
Partidas
jueves, 17 de marzo de 2011
Santo y ceja
viernes, 15 de octubre de 2010
Agua

Me piden mis principios (y un amigo) que os hable hoy del agua porque es el tema elegido para que todos los blogeros del mundo abandonemos por un día nuestra irresistible deriva al egocentrismo y tratemos de aportar el consabido granito de arena (sigo buscando una metáfora con la que reemplazar este cliché playero) a la concienciación planetaria sobre esta importante cuestión. Me doy cuenta de la envergadura de la tarea y soy consciente de mi incapacidad para la elaboración de un breve pero contundente ensayo moral que sirva para ilustrar el objeto analizado tanto como para mostrar mi personal posicionamiento, con la equilibrada dosificación de información, reflexión y poética humanista transumbilical que es requerida en estas ocasiones. Pero ocurre que aún no ha llegado el frío y tras la ventana se despereza una mañana orgullosa de sus músculos y hay algo extraordinariamente vertiginoso en el sabor de mi café con leche que me tienta a la espeleología, a sumergirme de nuevo en mis irritadas interioridades, y debo liarme otro cigarrillo y apartar el pelo de mi frente cómodamente apoyado en el respaldo de mi butaca para retomar la perspectiva pertinente, situando el reflejo ahumado de mi busto exactamente equidistante a los límites de la pantalla.
El agua, leo en la red, “es el 85 por ciento de la sangre, el 75 por ciento del cerebro, el 70 por ciento de los músculos y hasta el 22 por ciento de la osamenta”. Siempre he sido malo en matemáticas (de maldad, no de torpeza) y reconozco que la operación más sencilla y básica para mí es la suma, por eso no tengo el más mínimo problema en sostener que, si lo dicho es cierto, somos un 252% agua. Como dato no debería suscitar ni mayor ni menor credibilidad que cualquiera de las cifras que se publican en los periódicos y que deben su prestigio simple y llanamente al hecho de ir parapetados detrás de ese escudo un tanto trabajoso de arrastrar sobre su única y débil rueda, con su plancha metálica inclinada eficaz sólo para los ataques de descreimiento que sobrevengan a ras de suelo pero absolutamente insuficiente en una hipotética ofensiva aérea a cargo de los temibles pero ya escasísimos batallones del escepticismo. 252 es, además, una cifra capicúa y, por si fuera poco, atractiva, de aspecto bonachón, que inspira una inexplicable confianza, como algunas personas cuando saben girarse hacia uno y valorar las proporciones exactas del apretón de manos con el que quieren declararte su absoluta disponibilidad al mutuo conocimiento. Y siendo en tan gran medida agua no acabo de explicarme por qué me cuesta tanto pensar en ella, escribir sobre ella, enfocar mis pensamientos, cercarlos, embridarlos y evitar que revoloteen en torno a sus líquidas cualidades como ciegos espermatozoides desdentados que no saben distinguir si la esponjosa textura contra la que chocan pertenece a la corteza palpitante de vida que espera a ser hollada o a la mampara de aséptico látex puesta expresamente para su contención y posterior genocidio. Sí, lo sé, me desvío del agua pero sabed que lucho denodadamente por no justificarme con la evocación de su resbaladiza naturaleza y esta mañana cretina de tan luminosa, marea de muchedumbre apenas contenida por los cuadrantes (seis) de cristal rugoso que desfigura sólo para mí los balcones de enfrente y las señoras que fuman acodadas y los ladrillos ondulados.
Fue bañándonos como te conocí, la vez que tus rodillas no pudieron contener que te volcaras totalmente en una sola sonrisa, el pelo vencido por el agua sobre tu frente marcando el límite de una orilla, tú y el frío en la espalda, como una lengua muy vieja y sabia, y una radio encendida que emitía canciones nominadas para ser la nuestra, demasiado jóvenes para intuir que siempre hay un desagüe en algún lugar, a veces muy cerca de los muslos, succionando la piel en su estrepitosa fuga como besos de peces hambrientos. Qué irreparable la asociación entre agua y sumidero, quizá porque no existe o no tengo una idea estática del agua, toda agua quieta es agua muerta, dicen, lo he leído, agua enferma, ensimismada; pensar en el agua, tratar de escribir sobre ella, es siempre un poco viajar sobre una canoa o ser un pelo olvidado en la bañera que inicia la larga y desconocida aventura a través de tuberías y canales hasta quién sabe qué recodo, qué ensenada, qué Tajo, qué delta, es volverse terrón de azúcar y desprenderse tu cuerpo en millones de átomos dulzones, el agua con azúcar que, tras la jornada atlética, centrifugaba con delectación de alquimista y una cucharilla hasta crear en el vaso una ventisca invernal de azúcar azotando esa única torre metálica que avizoraba la superficie y esperar hasta que el terrón desmembrado volviera a reunirse como un manto cuajado de nieve, sepultando la punta convexa hasta la mitad, tantas tardes, Rose-bud.
El ciclo del agua, beber, mear, sudar, llorar, empaparse bajo la lluvia, bañarse en mitad de la noche, incomodidades a las que sucumbimos por puro romanticismo alguna vez en la vida. Porque recuerdo haber caminado bajo la lluvia, mi rostro azotado por sus ráfagas de arañazos, secretamente extasiado por la exactitud con la que el anticuado modelo del desdichado no correspondido se hacía realidad allí y entonces, en la manera en que la lluvia, catapultada por el viento como una prima dona por la orquesta, se confundía con mis lágrimas borrando el rastro de su procedencia, pero a la vez avergonzadamente preocupado de que el maquillaje borrascoso impidiera identificar correctamente mi propia producción de tristeza desde la posición de los espectadores con los que me cruzaba, y por ello tentado de subrayar el efecto con temblores de quijada, seísmos de labios y auxiliares pero elocuentísimos frotamientos de la superficie arrasada empleando la muñeca de la mano izquierda torpe, lánguida, arrítmicamente. Y el sudor de los placeres mórbidos abrillantando el tobogán de las espaldas por el que se deslizan las jóvenes camadas de dedos inexpertos, y su reverso, la sequedad de los besos de madrugada, cuando las lenguas son dos escobas enfundadas incapaces de segregar dulzura. Un vaso de agua entre copa y copa es mi secreto para una mañana sin agujas, mientras me pregunto qué porcentaje de agua habrá en el amor y sus metástasis.
El agua es inodora e insípida, pero tiene un matiz azul, y cubre las tres cuartas partes de la superficie de la Tierra. Al agua, a veces, se le ve venir, como una franja nacarada sujeta por manchas boscosas en remotos horizontes de expectación. Otras juega al escondite y goza como un niño detrás de una puerta la espera de siglos bajo estratos de dura piedra hospitalaria para brotar de pronto como un puño ensortijado de espuma y vaho a grandes temperaturas, creando cálidas piscinas naturales donde hacen flotar sus desdichas los más pálidos turistas y algún que otro joven ruso de equívoca trayectoria. El agua que ofrecen los desconocidos siempre en vasos de dudosa higiene pero que de igual modo apoyamos en nuestro labio inferior volcando su contenido hacia la garganta en un acto de maravillosa violación permitida, aquella tarde en que nos perdimos buscando la estación. El agua que se concede al sediento o la saliva que uno se deja olvidada en un pezón cuando todo cambia de pronto y el objetivo prioritario vuelve a ser la llamada insistente en los labios, el goloso demorarse en las depresiones del mentón, el levísimo aletear como de folio de los párpados, o la desnuda inconsistencia de las palabras que pronunciabas (apenas una cadena de mortecinas consonantes unidas por simulacros de vocales de hilo fino y precario) cuando yo o quién sabe qué fantasmas hacíamos de tu cuerpo una mesa donde firmar documentos, una cancha de tenis, un minifundio de tierra revuelta y humeante. Tu imagen, ese parpadeo de paralelogramos que riela en la superficie del líquido fijador en mi memoria oscura (la bombilla roja encendida), es inodora e insípida, pero a pesar de su matiz azul, ya sea sólida, líquida o gaseosa, no consigo que sea indolora, ni que fluya hasta un destino lejano y salado donde acabe mezclándose con manchas de aceite y excrecencias portuarias, adelgazándose de mí.
Qué enorme sinsentido escribir la palabra agua y vivir en este fuego crepitante o abrir finalmente las ventanas y dejar que este sol arrogante apague su sed de escrutinio lamiendo cada centímetro de mi habitación, y en efecto el sol entra (trae a una prima tonta, la brisa, y ecos de coches reunidos para cambiar cromos e impresiones) y repite el rito de cada mañana, olisqueando cada uno de los objetos que olvidé devolver a su lugar, dando a luz sombras que durante un segundo parecen recortes de la noche interminable y ahora resultan ecos de la presencia real de cosas como el tabique, yo o la mesa, el colchón con su aspecto de ballena destripada, una zapatilla de andar por casa (la otra, nadie sabe por qué, está en mitad del pasillo). El agua era una presencia diaria en mi infancia, esas mañanas oscuras en las que el desayuno y el noticiero nos reunía en la cocina, cuando uno no sabía aún el tiempo que hacía más allá de las persianas y llegaba la madre con el calzado adecuado para deshacer la incertidumbre, katiuskas de plástico, zapatillas ajadas o ese par de botines azul marino que siempre ahuyentaban lo que de mar pudiera tener el cielo. Ahora la lluvia es un objeto preciado en esta capital de la sed, desde donde escribo, enviado especial, sobre el agua y todas las aguas que me han empapado.
Comiste un bocado irregular y te atragantaste. Pero yo me levanté a tiempo y llené un vaso con esa agua que corría como todas las demás, y mientras parpadeabas y mantenías la cabeza ligeramente agachada, deposité un espejo cúbico de oxígeno e hidrógeno junto a tu plato, de forma que cuando te incorporaras, creyendo haber pasado el mal rato o esperando la oportunidad para volver a respirar, te lo encontraras allí, a mano, como tienen que ser las cosas. Era, sin saberlo, una forma de despedida, inodora e insípida, ligerísimamente azul.
sábado, 2 de octubre de 2010
Tarde

No saber por qué, no querer averiguarlo. Por qué la manilla de la puerta, por qué la manta de lana multicolor, la lámpara de la mesilla, por qué la intermitencia de los coches, por qué hasta el sosiego de una siesta, de repente, puede volverse un veneno tan amargo, abismal, como un cuchillo que de pronto te pide la bolsa o la vida en mitad del pasillo, un eclipse de baldosas, sofás, ventanas, pinzas para la ropa, una casa que se vuelve cueva. La tarde era un proyecto dulce, una espera líquida y pacífica, pero mis pies han caminado dos pasos de más y siento un frío nuevo y sus adjetivos, ese nuevo imposible, dulce y testarudo, como un muro neutro y total, mi cabeza rebotando contra el cemento tenaz, que apenas logra arañar, y una mano que sale de mi pecho y aprieta botones, abre escotillas, aplica torniquetes, busca válvulas, palpando las paredes, metrónomos, diapasones, en la cesta de la ropa, el grifo de la ducha, la ceniza esparcida sobre el teclado, las horas que faltan hasta el próximo alivio, la dosis de mentira, la ficción necesaria de la que viven mis pulmones. Por qué el oxígeno se vuelve áspero, como una cuenta pendiente. Allá afuera hay ruidos, acertijos, misiones, pero de pronto soy el hueco entre dos escalones, un niño que teme al bosque, la sombra inmensa de una ola muda, rompiente por necesidad. Soy ese instante eternizado antes de chocar contra el suelo, por qué, si antes sabía a qué venía a la cocina, por qué había abierto el libro, cuántos metros cuadrados tenía mi vida. No quiero quedar atrapado entre estas paredes, en este tiempo muerto de distancias, huyo por instinto, salto, trepo hasta la última esquina de la habitación, soy un animal encerrado, doy vueltas y más vueltas a un regocijo que empieza a resquebrajarse bajo mi peso, lamiendo el tuétano de un esqueleto, mi alimento, lo único que me dejaste para llevarme a la boca, esa boca que se desdibuja en píxeles y que nunca sabe qué decir salvo cuando repite las formas de una ausencia, el sabor hipócrita del cemento, la escarcha que te envuelve y nos encierra, que convierte mi mundo en una selva sin horas ni mercados ni farmacias de guardia, un caos de alfileres que me hacen correr de un lado para otro, buscando no sé qué, una tijera, sí, una tijera grande que corte este cordón umbilical, este parto con dolor no deseado, que interrumpa este carnaval de espejos en el que me han dejado seis o siete palabras y esa luz escasa pero radiante que vi encenderse y no quise temer. No encuentro el significado de los cajones, el nombre de las cosas que valían la pena, el ritmo de la costumbre, respiro para asfixiarme, me doy cuenta, te das cuenta. Qué tarde más interminable, qué noche inimaginable detrás de la esquina. La tarde me da miedo, me mira desde los balcones y apunta entre mis cejas por su mirilla. Me va a disparar un vacío tan grande, tan lleno de ese ruido que oigo ahora cuando todo se ha desconectado, cuando lo recién nacido empieza a suicidarse hasta mañana, tan cargado de mí que no lo soporto, como una gota que al deslizarse por el cristal encuentra a otra y la hace suya, la absorbe, soy una gota cada vez más gorda en este cristal tan pequeño, o es un espejo, un espejo recalcitrante, quisiera romperlo, tragármelo, fundirlo en gotas de mercurio que se dispersaran por el suelo como cucarachas cobardes. El mechero me lleva a donde no quiero ir y un simple pantalón me acusa con el dedo. Quisiera verle las costuras a esta tarde rota, saber que todo es teatro, que conservo un nombre y dos apellidos, más allá de la calle arbolada, quisiera no temer al silencio ni a las almohadas, quisiera tantas cosas que no me dais, relojes, bolígrafos, tenedores, agendas, quisiera llenar de gritos y susurros cada minuto, de flores, de mirillas, de pequeñas explosiones, quisiera perderme en laberintos y encontrar el oasis donde descansar, pero por qué, por qué, quisiera no estrellarme más contra esas dos palabras, que me han hecho suyo tan fácilmente, a los que me he entregado sin recelo, por qué, no saber por qué, no querer contestar.

